Vivir en la España vaciada siendo respetuosos con la naturaleza.

¿Qué hemos aprendido de las consecuencias catastróficas de la pandemia? Probablemente la lección más incontrovertible, que puede expresarse de muy diferentes modos y con distintos niveles de concreción, es que la Tierra se defiende de los ataques del hombre reaccionando con virulencia proporcional a la agresión infringida. En el caso del Corona-Virus sabemos que estuvo provocado por la concentración intensiva de animales en zonas del oriente asiático, siendo precisamente un virus de origen animal el causante de la mortandad que azotó al mundo entero. Deberíamos, pues, evitar por todos los medios las causas desencadenantes si no queremos volver a sufrir las durísimas consecuencias de nuestros propios actos.

En nuestros pueblos la cría de ganado se hizo siempre dentro de unos límites domésticos. La carne que más se comía era la de cerdo y cordero. Casi nunca la de ternera o vaca. El pollo y el conejo también estaban en nuestra dieta, pero la mayor aportación cárnica era la de cerdo en sus diferentes formas de preparado. Los torrendos eran frecuentes en los almuerzos y las cenas. El chorizo, la costilla y el lomo se metían en conserva y se iban gastando a lo largo de todo el año. Las morcillas se consumían igual asadas, que fritas o echándolas al cocido de alubias y garbanzos junto con los huesos, las orejas o el espinazo.

En casi todas las casas criaban una cochina o dos, que se alimentaba con las sobras de la cocina o los huertos: patatas sobrantes cocidas en caldero, berzas y remolachas, harinilla de centeno que se llevaba a moler al molino de Fuencaliente. De cuidarlas se encargaban las mujeres en una de las muchas tareas que las tenían ocupadas desde la salida del sol hasta que se ponía, realizando una actividad laboral encomiable que nunca se les reconocerá bastante.

Lo cierto es que la introducción de las políticas de desarrollo a partir de 1967 que permitieron la parcelación de las fincas atomizadas y la conducción del agua corriente para consumo humano, facilitaron formas de vida modernas que no eran posibles en las condiciones anteriores.

Fue cuando se pusieron los primeros negocios dedicados a la explotación del cerdo como medio de vida único o complementado con tareas agrícolas. Algunos se basaban en la disponibilidad de cerdas para la cría de recién nacidos y su posterior venta en el mercado, y otros a la compra de cerdos para el cebo.

En todos los casos el número de los ejemplares se movían dentro de unos niveles perfectamente asimilables por el entorno, sin representar ningún riesgo para la salud.

No se emprendieron, viéndolo en perspectiva, iniciativas de estabulación de otro tipo de ganado también tradicional en nuestros pueblos, como ovejas o cabras, conejos, gallinas de puesta o pollos de engorde, ni tampoco los relacionados con diferentes especies de caza para cotos privados ni con fines industriales.

Alguna de las cosas que hemos aprendido de la pandemia provocada por la transmisión de enfermedades de origen animal al hombre, como la enfermedad de las Vacas Locas, la Gripe Aviar, la Gripe Porcina y el Corona Virus, ha sido el valor superior del bien común por encima del interés individual que puede incidir en el sensible equilibrio de la salubridad de la fauna, la flora y los factores medioambientales, contaminando la cadena trófica con las consecuencias nefastas que lamentablemente todos conocemos.

El progreso social no nos debe llevar a olvidar el peligro de modificar las condiciones ambientales con el emprendimiento de formas de vida que corren el peligro de romper la endeble sostenibilidad de los factores naturales que nuestros antepasados respetaron con tanto esmero.

El modo de vida de nuestros pueblos tradicionalmente fue agropecuario, lo que prueba que reune unas condiciones naturales inmejorables para estas actividades, pero la modalidad de desarrollo siempre fue extensiva y no intensiva. Los casos ya comentados de estabulación de cerdos para la explotación de madres de cría o el engorde de cerdos de cebo, se hicieron siempre sin desbordar los límites de la moderación y la prudencia, manteniéndose en todo momento muy lejos, lejísimos, de parámetros rayanos con lo temerario, evitando el riesgo objetivo de destruir el orden de las cosas. La conciencia del bien común nos dice que debería seguir haciéndose de este modo.

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