Oficios perdidos.

Hubo profesiones cualificadas que tuvieron plaza consolidada en los cuatro pueblos del Coto Redondo, como el cura, el médico, el boticario, el veterinario, el maestro y la maestra. Pasados más de cincuenta años, todavía queda memoria del último cura con casa en el pueblo y de una yegua baya que tenía para hacer los desplazamientos cumpliendo su ministerio. El veterinario perdió su sentido principal con la entrada de los tractores que ocuparon el sitio reservado a los animales de trabajo. El boticario se murió por la edad, y no le repusieron por otro. El maestro y la maestra fueron víctima de una remodelación de los Planes de Educación Nacional en la que perdimos todos, pero se llevaron la peor parte los más pequeños. La plaza del médico se extinguió al morir el último que vivió en la clínica, porque el nuevo creyó que podía prestar el mismo servicio si vivía en un sitio más grande y venía desde allí dos veces por semana a pasar consulta de diez a doce. Son muchos los usos y costumbres en los que intervenía algún vecino por sus habilidades personales para atender a una necesidad ventajosa para todos.

El herrero era uno de ellos, posiblemente de los principales por ser el encargado de herrar a los animales de tiro, primero bueyes y luego machos, y también a los burros, que lo mismo servían para uncir al arado o el carro, para llevar cargas o para llevar a las personas de la casa montados. También arreglaba las rejas de los arados cuando alguna se rompía por algún percance.

El sacristán ayudaba al cura en sus rituales religiosos. Pero también cumplía un fin social, tocando las campanas al alba, a mediodía y al anochecer para marcar el paso del tiempo cuando los relojes no eran habituales, además de sus funciones como enterrador y cuidador del camposanto.

El vaquero, el muletero y el cabrero fueron oficios necesarios cuando los animales a los que tenían que cuidar eran frecuentes en las casas. Hasta mediados del siglo pasado todos los vecinos hacían la labor con una yunta de bueyes, y en la década siguiente hasta la mecanización agraria se cambiaron por machos, en contadas ocasiones por mulas o caballos. El cabrero sacaba por la mañana a carear las pocas cabras que quedaban en recuerdo de cuando fueron abundantes, y las devolvía a su corral al final de la jornada. El vaquero, el muletero y el cabrero tocaban un cuerno para avisar que los dueños sacaran a sus animales para agruparlos y conducirlos al careo, y una vez más al atardecer, dando la señal de la recogida.

Otros dos servicios que hicieron falta tradicionalmente fueron el de guarda y el de viñadero. El guarda procuraba que los rebaños no se metiesen en los sembrados y comiesen los cultivos, y podía poner multas a los dueños cuando el ganado hacía algún estropicio serio. La labor del viñadero consistía en vigilar para que nadie fuese a las viñas a coger uvas cuando estaban madurando. Sólo podían visitarse el día 8 de septiembre, que era como una fiesta en la que todos iban a ver si sus viñas podían ya vendimiarse y volvían con una cesta llena de racimos recién cogidos.

En el paraje de La Tejera hacían tejas los últimos tejeros del contorno, que ya no vivirá nadie que se acuerde de ellos, pero todavía quedarán tejas suyas puestas en algún tejado viejo.

Hubo agosteros para ayudar en la cosecha, pastores de ovejas que ajustaban los que no podían ir con ellas, los peluqueros que arreglaban el pelo. los carpinteros de aperos para el campo. Hubo cesteros y folleros, que seguro que queda alguna cesta y algún fuelle de los últimos que hicieron.

Todavía hay quien recuerda el nombre de la posadera que tenía posada abierta en la primera casa pegada a las eras, y otra que tenía taberna en par de la Casa Pueblo. La última tienda de comida cerró al poco del cambio de siglo, pero las dos que había habido antes cerraron tiempo atrás sin remedio.

Un buen número de oficios que han pasado al olvido es el de los vendedores ambulantes que traían artículos de fuera, o prestaban servicios necesarios. Los unos eran los capadores de los cochinos y cochinas que se apartaban para el engorde, los pimentoneros que vendían especias en temporada de matanzas, los esquiladores que se acercaban a finales de la primavera para esquilar las ovejas, los afiladores que ponían a punto las hoces para la siega y las cuadrillas de segadores que recorrían Castilla segando de pueblo en pueblo. Terminada la faena de las eras, llegaban las carretas de los pueblos de la sierra, que traían vigas de pino, piñas para encender la lumbre y pez de resina para cuando había que entablillar alguna res perniquebrada, y a veces se hacían trueques con ellos cambiando sus productos por alubias o carros de paja. Cochineros, pellejeros, laneros, tratantes de corderos, fresqueros, teleros, quincalleros, cacharreros, trilleros, vinateros, hojalateros…

La mayor expresión de conciencia social de lo que conformaba la concepción colectiva de concejo, se producía en la ejecución de obras públicas, como el mantenimiento de los caminos de herradura, los puentes de ríos y arroyos, la canalización del agua para el riego de la vega, la corta de leña del monte para la lumbre del hogar y su mantenimiento, y tantos otros que se hacían entre todos los vecinos yendo «de estorbaos», conocido por otros como «hacenderas».

Un comentario

  1. Imposible relatarlo mejor Eutiquio. Cuantos empleos directos, habia en nuestros pueblos, aparte de los que desarrollaban, los Labradores.Muchas Gracias Amigo, por dar a conocer, los puestos de trabajo que habia, en nuestros pueblos, al darlo a conocer, a estas generaciones, con este relato.

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