En memoria de Domingo Encabo, desde el dolor por su pérdida

En diciembre pasado nos dejó, como un árbol centenario arrancado de cuajo por un vendaval negro, a los setenta y cuatro años de edad, Domingo Encabo, natural de Fuentearmegil, llevándose con él todo lo que no pudo darnos, Su corazón grande, su generosidad sin medida, su nobleza. Nadie de los que le conocieron olvidará nunca sus ganas de vivir y compartir la vida con todos.

Siendo uno de los menores de una familia de recursos modestos con siete hijos, pronto tuvo que cambiar la escuela por el zurrón y la cachava, pisando con sus albarcas y sus alpargatas las majadas de Quintanilla de Nuño Pedro. ésas iban a ser sólo sus primeras experiencias laborales, siempre tratando de no ser una carga en casa y de ayudar en lo que estaba a su alcance.

Unos años más tarde trabajó en la Barcelona del textil y el desarrollo, y poco después cumplió con el Servicio Militar, acudiendo al destino marcado por el sorteo obligatorio.

Su vida cambió radicalmente a partir de ese momento. Como hicieron tantos españoles, emprendió la aventura de la emigración yéndose a Suiza con su hermana Julia. Suiza iba a ser su segunda patria. 

Al cabo de los años, cuando consideró que económicamente podía hacerlo, retornó atraído por la fuerza del apego a nuestra tierra, y abrió en El Burgo la sala de fiestas El Paraíso, que tantas ilusiones le proporcionaría viendo disfrutar a todos los jóvenes de la comarca con la multitud de estrellas que actuaban gracias a las irresistibles dotes de relaciones públicas que desplegaba donde hiciera falta. El Paraíso le dio muchas alegrías y satisfacciones, pero también quebraderos de cabeza por la imposibilidad de equilibrar el sentido práctico de las cosas y a la vez refrenar las alas indomables de sus sueños. 

Dotado de extraordinarias facultades naturales para la música, despertaba la admiración de todos por su destreza con el acordeón, el piano o la trompeta. Sus hermanos le recuerdan ya de niño sacando melodías preciosas de chiflos y flautas que él mismo hacía con cañas o con ramas verdes de chopo. 

Por segunda vez volvió a Suiza, acogiéndole entre sus brazos como al hijo pródigo que siempre se le recuerda y se festeja. Y allí siguió cultivando su lealtad inquebrantable al trabajo y a los muchos amigos que le profesaron afectos y le siguen profesando más allá del tiempo.

Le gustaba viajar disfrutando del viaje y el contacto con la gente. Italia, ALemania, Francia, Austria, China, Argentina… ¡En cuántos países del planeta habrá estado, que casi se pierde la cuenta! 

Hace doce años volvió al pueblo al jubilarse, y su afición era conocerse hasta el último rincón de la provincia, desde el más distante al más cercano: El Burgo y San Esteban, Santa María de las Hoyas y San Leonardo, Alcubilla del Marqués y tantos otros. Entodos tenía amigos, y todos recuerdan su esplendidez de trato y su cordialidad desbordada.      

En diciembre pasado nos dejó Domingo Encabo, como un árbol centenario arrancado de cuajo por un vendaval negro, llevándose con él todo lo que no pudo regalarnos, Su corazón grande, su generosidad sin medida, su nobleza de alma. Ninguno de los que le conocimos olvidaremos nunca sus ganas de vivir y compartir la vida con todos. Te recordaremos siempre con el cariño de seguir disfrutando de tu recuerdo, y desde el dolor en el corazón por tu irreparable pérdida.

Un comentario

  1. Muchas gracias Eutiquio por las cosas que dices de mi hermano Domingo, una gran persona y muy amigo de sus amigos, él, como tú bien dices, había vijado mucho y tenía siempre historias para contar, te aseguro que fue una gran pérdida para todos.

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