Lo que le pasó a un capador en la posada de mi tía Juana

Hay historias que ahora podrían parecernos poco menos que inventadas, pero lo que te voy a contar ahora toda la vida se contó en mi familia, y seguro que pasó tal y como te lo cuento. 

Mi tía Juana, la madre del Amador, que éramos primos, tenía una posada a la entrada del pueblo por el camino de Valdealbín, y en ella hacían noche los forasteros que venían al pueblo, como componedores, pellejeros, cochineros y toda esa gente que iba de acá par allá ganándose la vida con oficios que han desaparecido: como fideeros, esquiladores, trilleros, cacharreros, y muchos más que te podría decir.

A lo que vamos, que me pongo a hablar de las cosas de antes y mientras hablo se me meten las ovejas a los trigos. 

Te decía que una vez, sería a medio verano es de suponer por el suceso, llegó a la posada de mi tía Juana un capador de la parte de Bocigas, pero algo más allá, de tirando a Langa decía ella, y el hombre entró en el zaguán de la casa muy asustado por algo: 

– Juana, Juana. No te lo vas a creer, pero m’ha pasao algo…

– Pero chico… No será pa tanto…

– En mitad de las eras estaba. Tenéis que dar aviso a los guardias antes de que sea tarde.

-Pero hombre, fulano -no te digo el nombre porque no me viene a las mientes, que hasta te diría cómo se llamaba aquel hombre-. Bebe un trago del porrón -le dijo mi tía-, que me lo han traído esta semana de la parte de Quintanilla, y allí crían un tinto que no se ve ni en las mesas de los reyes de Madrid, que fíjate lo que beberán esos. 

Y mientras que ella trataba de sacarle algo más claro y le entretenía con el qué del vino y unas raspas medio secas de una bacalada que colgaba de una viga, el Amador, que era chico por entonces, echó una correndía a casa de mi abuelo Jonás, que era alcalde del concejo, y que volviera aprisa con el oremus. 

El capador todavía seguía contando el encuentro que había tenido, y para entonces ya iba mediado el porrón y le había mandado a mi tía sacar otro y unas arenques de las que ella tenía en un cubillete de madera que vendía envueltas en papel de estraza. Mi tía todos dicen que tenía mucha labia, y que se las pintaba sola para que todo el que entrara en la posada dejara en ella por lo menos un par de perras gordas. Pero, lo que te cuento, que otra vez se me sale la yunta de la parva.

Parece que al pasar por el camino hacia la posada, había visto a un hombre extraño parado en medio de una era, y que le negó el saludo al darse con él de bruces.

– Estaba como escondido, pegando a una hacina, y ni dejó de mirarme ni me dirigió la palabra.

– Pues, ¿qué quieres que te diga? La gente de aquí no retira el saludo a ningún cristiano, eso te lo digo yo. 

– Pues por eso me ha extrañao tanto, Juana, que yo sé que los de este pueblo no son de los del puño cerrao ni dejan de hablar con cualquiera aunque sea forastero, que hay otros pueblos que si yo te dijera… Hasta a cantazos nos reciben en alguno, y mira que uno va a lo suyo y no hace mal a nadie.

– Tú que andas por tantos tinos, igual te gusta probar unos cachos de chorizo de la orza, que este año los he aderezao con unas onzas de un pimentón algo picante que trajo un pimentonero de La Vera y no hay más aparente en leguas a la redonda. 

El Amador entraba dando voces desde la calle, y diciendo que no había de qué asustarse.

– Es San Juan, es San Juan -voceaba el chico.

Se lo había preguntado a mi abuelo, y parece ser que esa tarde, que era visperas de San Roque, habían traído el santo de San Juan de Cañicera en el carro del tio Feliciano, que acarreaba una carga de haces de la tierra que tiene pegando a la ermita, y le han dejado en las eras a la fresca con idea de llevarle en procesión a la ermita de San Roque mañana a toque de campana. 

El pobre capador se quedó con el porrón en suspenso, como si no le entrase el aire en el cuerpo, y pensando.

– Con razón me pareció pequeño, encogido y como tieso. La cosa es que estaba medio anocheciendo, y la sombra de los haces debieron de cambiarlo todo.

Mi tía se reía a la vez que aparentaba entenderlo. Al final acabaron riéndose juntos del suceso, y mi tía le convidó al bacalao y a las arenques, pero no dejó de cobrarle dos porrones de vino y un plato de chorizo y magro. Yo se lo oí contar muchas veces a mi abuelo Jonás, y después a mi madre. Y se reían, claro.

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