Nos Llamaban Desertores Del Arado

La frase que encabeza este relato, lo habrán escuchado muchos de los que nos marchamos en los años 50 y 60 por ser de pueblos agrícolas y trabajar en el campo. La llegada a las grandes ciudades no fue fácil para muchos de nosotros debido al cambio de costumbres y de trabajo. En el pueblo. El padre se encargaba de despertarnos, sobre todo los lunes y al día siguiente de un festivo: «venga, que es ora de levantar, que ya está saliendo el sol». Por eso no dependíamos del Reloj. En la ciudad lo primero que oíamos era el despertador, con un horario que cumplir, siempre dependiendo de la hora. atrás quedó el despertar con la llamada de padre, el cántico de los gallos y el toque del Alba. Como no había horario, daba igual ir un rato antes que después al campo, y para saber si era mediodía, estábamos pendientes del toque de campanas que se hacía a las doce, hora solar. Decíamos: «Ya es mediodía. La comida la traerán pronto». Como sabéis se trabajaba de sol a sol, y a veces de noche, según mes y la estación. Como dice la Biblia fuimos muchos los que comenzamos el éxodo de los pueblos hacia las grandes ciudades en busca de otros trabajos y otra forma de ganarnos el pan para tener una vida mejor, los miles de mozos que trabajábamos en las casas de nuestros padres en la agricultura y en la ganadería. La marcha comenzó en los años de la posguerra, entre los años 40 y 50 del pasado siglo XX, empezó el éxodo de las gentes de nuestros pueblos. Los primeros en marchar fueron los que se licenciaron. Después, terminada la guerra civil del 36-39, algunos se reengancharon en el ejército, otros ingresaron en cuerpos civiles de la Administración del Estado.

después fueron los niños y niñas, que se fueron a estudiar. Los padres les metían, así se decía entonces, en los seminarios, conventos o colegios de frailes o de monjas, para que estudiaran. Así se quitaban de casa una boca menos que alimentar. La mayoría de las familias solían ser numerosas. Lo digo por experiencia, puesto que mis padres tuvieron seis hijos, de los cuales vivimos tres, más los abuelos. Algunas familias tenían un hijo, eran las menos, pero también había que pasaban de seis. Como os podéis imaginar, en aquellos años escaseaba todo. Estaba casi todo intervenido. Existía la cartilla de racionamiento. Hasta el año 1953. Lo que sí había en nuestros pueblos en todas las casas era pan, patatas y alubias pintas y blancas. Se mataba por lo menos un cerdo, del que se aprovechaba todo. Tampoco faltaban las gallinas, los huevos era la base principal del menú diario. Las alubias rojas se criaban menos y se reservaban para celebraciones especiales, como la visita de algunos amigos y en las matanzas. Se las añadía nabos y repollo de berza. Los garbanzos eran para los días de fiesta. Las madres cocinaban al socalor de la lumbre el famoso cocido con bola. Se sabía el menú de fiesta cuando por la víspera por la tarde noche volteaban las campanas en las fiestas mas importantes del calendario. Había un dicho que decían los mayores: «Mañana día de bola. Las campanas están tocando a vísperas».

Vuelvo a la marcha de los niños y niñas de nuestros pueblos. Algunos profesaron las órdenes religiosas, sacerdotes, frailes de diversas ordenes, hermanos legos de la enseñanza, las monjas. Los seminarios y conventos se llenaron en los años antes citados. Muchos sacaron carreras universitarias. Años después colgaron los hábitos, así se decía cuando alguno o alguna se salían del seminario, o de los conventos. Otros, los menos, estudiaron en institutos, escuelas de Magisterio o de Enfermería, sacando carreras. Otros fueron a Escuelas de artes y oficios, con sus diversas especialidades. Muchos lograron entrar a trabajar en empresas industriales publicas y privadas, en Madrid, Barcelona, Bilbao ,Zaragoza. También en otras como Soria, Valladolid, Logroño etcétera.

Pero el grueso mayor de la despoblación de nuestros pueblos fue a finales de los cincuenta y toda la década de los sesenta. Una vez que se hizo la Concentración Parcelaria, a mi entender fue cuando empezaron a llegar nuevos sistemas para labrar la tierra: los tractores, segadoras, cosechadoras, fueron desapareciendo las yuntas de bueyes, vacas, mulas machos o mulos y los famosos burros, que se fueron vendiendo porque ya no se necesitaban para realizar las labores agrícolas. Antes eran imprescindibles porque las fincas eran pequeñas, pero con la concentración parcelaria se acabó la forma milenaria de trabajar la tierra. Los mozos una vez licenciados de la mili, éramos los primeros que salimos a las ciudades buscando una nueva forma de vida y otros trabajos para ganarse el pan. También fueron muchas las jovencitas que marcharon a las grandes ciudades a trabajar como empleadas del servicio domestico, entonces se decía a servir. Las decían que eran desertoras del campo. Ahora os comento. A mi personalmente me preguntaban, alguna vez cariñosamente. También los había que te lo decían en un tono burlesco:

-¿Qué, Tú también eres uno de los desertores del Arado?

Yo nunca había oído esa frase de desertar en la vida civil. Sin embargo, sí lo había oído cuando hice la mili en Zaragoza, cuando te leían las ordenanzas militares: los que abandonen los cuarteles o los que teniendo que incorporarse al servicio militar no lo hacían, se les declaraba desertores o prófugos. Así que los que un día con todo el dolor de corazón nos marchamos de nuestros pueblos, no se nos olvidarán nunca las lágrimas que derramaron nuestros padres y abuelos al despedirnos.

Sí, yo fui un desertor del arado. No había otro remedio. Las haciendas de nuestros abuelos que en el año 1924 compraron al Conde Adanero, fue el medio de vida para ellos y nuestros padres, pero no para que viviéramos nosotros los hijos, a la vez nietos de los compradores. Un ejemplo: una suerte de un socio comprador la reparte entre sus hijos, mis abuelos. El paterno tuvo dos hijos. El materno tuvo cuatro hijos. Ahora llegamos la tercera generación. Había un dicho que decía así: una tortilla para tres, todos se quedan sin comer.

Por medio de estas líneas os deseo a Todos y Todas que desertamos del Arado y del Campo y casi todos los años volvemos a los pueblos, agradeceros la vuelta. Da gusto ver las casas que muchos de vosotros o vuestros hijos habéis arreglado o rehabilitado. Ahora a disfrutar de las vacaciones de Navidad, Semana Santa y sobre todo las de Verano, y los fines de semana. Son los menos los que han vuelto a fijar su residencia en nuestros pueblos. Os digo a todos: GRACIAS.

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