HABLAMOS DE FUENCALIENTE Y SUS FUENTES.

Entre las características, singularidad y riqueza de Fuencaliente destacan sus aguas en diferentes presentaciones: sus fuentes, manantiales, cubillos, los ojos, su balsa, además de la joya que da nombre al pueblo, el manantial de La Ermita de la Virgen de los Remedios.

Estos nombres se emplean en el pueblo para nombrar a diferentes tipos de manantiales, quiere decir que hay variedad y cantidad, que se distribuyen por diversos puntos del casco urbano y por el territorio que abarca su término.

En el mismo pueblo, próximas al río, había, cuando todavía no llegaba el agua corriente a las casas, cuatro fuentes, un cubillo, un pozo y un abrevadero para el ganado al que llamábamos pilón.

Cada una tiene su historia y público. Los que las frecuentábamos tendremos recuerdos y preferencias por una u otra según nuestras vivencias y el lugar del pueblo en el que teníamos nuestra casa.

Dependiendo de la mayor o menor proximidad y del número de vecinos de la zona, eran más o menos concurridas, tenían más o menos usuarios, lo que todas tenían era un agua de extraordinaria calidad, fina y fresca.

Estos manantiales, tan abundantes y copiosos, al tenerlos al alcance de la mano se tiende a considerarlos como algo lógico, normal y natural y darlos poca importancia, con frecuencia, lo que se tiene y disfruta sin demasiado esfuerzo se valora poco, sólo se da uno cuenta de lo que tenía y su valor, cuando se pierde.

Sin duda estos manantiales son una de las mayores riquezas y patrimonio del pueblo de Fuencaliente. ¡Cuántos pueblos hay que tienen muchas dificultades para abastecerse o que sus aguas son de mala calidad!. Se sentirían dichosos conformándose con un poco de lo que tenemos en el pueblo, ahora y mucho más antes de que llegara el agua corriente a las casas.

Lamentablemente alguno de estos monumentos, porque es lo que era cada una de las fuentes, han desaparecido, tal vez sin saber muy bien por qué, puede ser que por desidia o decisión o voluntad de alguien que le pareció conveniente para sus intereses. Desconozco las razones, dudo mucho que haya sido por el bien y consentimiento o deseo del pueblo.

No faltaban a lo largo del día idas y venidas con botijo, cántaro o caldero, siempre habría alguien en el camino o en la misma fuente para una charlita. Los niños con el botijo o en verano botija, los mayores, cántaro a la cintura o cántaro y caldero.

Bien se podría aplicar el refrán de: “Tanto va el cántaro a la fuente…..”, más botijos que cántaros se romperían. Seguro que el cacharrero, que pasaba de vez en cuando, lo agradecería.

Al tener el agua tan cerca no eran necesarios unos recipientes tan grandes. En muchos pueblos tenían que desplazarse a fuentes muy distantes para acarrear el agua con carros o animales portando los recipientes con serones u otros artilugios.

Las fuentes se llamaban para identificarlas por la casa, lugar, tipo o persona que vivía más próxima. La más próxima a mi casa era la de la Tía Felipa, aunque cercana, unos cuantos viajes hicimos. Por desgracia está cegada y desaparecida, no sé a quién pudo molestar o cuales fueron los motivos.

Cada fuente necesita su recuerdo.

De la fuente, dice Manuel Machado:

No se callaba la fuente,
no se callaba…

Reía,
saltaba,
charlaba… Y nadie sabía
lo que decía,

Subía,
bajaba,
charlaba… Y nadie sabía
lo que decía.

Cuando la aurora volvía…

Siguiendo río abajo estaba y está la de la escuela de las chicas, hoy con la bomba manual, antes a cielo abierto. Esta fuente seguramente era la más concurrida al estar de paso hacia Fuentearmegil, pegando a la escuela y camino obligado hacia los huertos.

Todavía se oye, como contaba Antonio Machado, el agua y las niñas que cantan mientras juegan.

Yo escucho los cantos
de viejas cadencias,
que los niños cantan
cuando en coro juegan,
y vierten en coro
sus almas que sueñan,
cual vierten sus aguas
las fuentes de piedra:
con monotonías
de risas eternas.
Jugando, a la sombra
de una plaza vieja,
los niños cantaban…
La fuente de piedra
vertía su eterno
cristal de leyenda.

Un poco más abajo el cubillo y el pilón, el pilón, como es de suponer, lugar visitado por todos los vecinos y todos los días para dar de beber a los animales.

El cubillo, los cubillos, ese tronco grande y hueco de madera resistente al agua, vaciado para recoger el agua que manaba y que tanta admiración me causaba.

Finalmente la de más abajo del pueblo, la Fuente de la tía Paca o de la tía Francisca, muy pegada al río, fresca y sombría por los chopos.

Hoy las nubes me trajeron,
volando, el mapa de España.
¡Qué pequeño sobre el río,
qué grande sobre el pasto
la sombra que proyectaba!

Se le llenó de caballos
la sombra que proyectaba.
Yo, a caballo, por su sombra
busqué mi pueblo y mi casa.

Entré en el patio que un día
fuera una fuente con agua.
Aunque no estaba la fuente,
la fuente siempre sonaba.
Y el agua que no corría
volvió para darme agua.

Nos queda un elemento singular, para mí un monumento, el pozo de la tía Petra, mi abuela. Con su escalerita de piedra o altillo, su pilón donde se vertía el agua, el traquetreo incesante de la manivela de la bomba manual y sonido del agua al caer. Este lugar, al estar más separado del río, era más cálido, agradable, concurrido y luminoso, adecuado para entretenerse un rato comentando algún acontecimiento o suceso del pueblo o dando un repasito a alguien del vecindario o simplemente tener una charla intranscendente mientras esperabas turno al encontrarte con un vecino, que era lo más normal.

La casa de mi abuela es la actual casa de la familia de Camilo, hoy supongo de Lorenzo. La ventana de la alcoba, daba directamente a la fuente. Desde primeras horas de la mañana y hasta últimas de la tarde no faltaba el ajetreo del personal, acompañado del ruido de la manivela y el sonido del agua al salir.

¡Cuántas horas pasaría jugando en él, oyendo y observando la vida que se desarrollaba a su alrededor!

Este pozo, hoy condenado y desaparecido, sí considero que era un símbolo del pueblo, para mí sí era un tesoro y un monumento, desconozco las razones por las que se hizo desaparecer este patrimonio del pueblo.

Rafael Alberti, desde el exilio, recordaba con nostalgia a España, su pueblo y la fuente desaparecida. Se lo dedico a la memoria del pozo, pues refleja mi sentimiento hacia él.

“Fuente verdinosa
Donde el agua sueña,
Donde el agua muda
Resbala en la piedra”

Diseminadas por el campo, repartidas por todo el término, había y supongo que seguirán, diversas fuentes, cubillos, pozas, manantiales en definitiva, que vertían sus agua en pozas o corriendo directamente por arroyuelos, se utilizaba para el riego o como lugar en el que bebían los animales.

¡ Cuántos sudores aliviaron y calores refrescaron saciando la sed en el duro trabajo del campo de los austeros labradores y pastores.

Nombres sonoros que suenan a fuentes y a agua: Los cubillos: El de Matamoros, El del Cojo, El de la Golinosa, El de Valdecañicera, Los ojos en El Puente del Vaho, ya próximo al término de Fuentearmegil, con sus gorgoritos y gran caudal, El Ojo de Cañicera, Las Fuentecillas en los corrales del Rincón, La Fuentona, las fuentecitas de La Aldea, La Fuente Romana del camino de Muñecas y seguro, seguro, que habrá otras que ni sé ni recuerdo.

Destaca con entidad propia La Balsa, ese gran manantial de aguas frescas y abundantes, tan abundantes que rebosaban y había que encañar las tierras próximas para que el agua sobrante, al filtrarse, llegara hasta el río y no se encharcaran.

También evocan el agua los numerosos arroyos que iban recogiendo lo de las lluvias y fuentes, como El arroyo del Cañal, La Hoz, La Estacada, La Golinosa, El de Valdecañicera, el mismo Río de Cañicera,etc.

Esta riqueza de aguas es patrimonio de todos, seguramente ahora habrá menos cantidad por la escasez de lluvias y la poca frecuencia de aquellas grandes nevadas que los de más edad recordamos, que nos mantenían aislados durante días, contribuyendo con el lento deshielo a llenar los acuíferos.

Sirvan estas líneas para recordar lo que tenemos, lo importantes que son y fueron estos manantiales para el riego de huertos y cultivo de remolachas, patatas, alfalfas, legumbres, que tanta riqueza crearon contribuyendo al desarrollo de nuestros pueblos, en definitiva para la vida e historia del pueblo.

Que esta memoria nos permita valorar, cuidar, y conservar lo mucho y bueno que tiene Fuencaliente, y es patrimonio de todos.

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