El orgullo de ser pastor de ovejas.

Al padre Abraham se le apareció un cordero enredado entre espinos para que le sustituyese por su hijo Isaac en el sacrificio, y el Hijo del Hombre es el Cordero de Dios venido a lavar nuestros defectos y abrirnos las puertas del Cielo.

El que pastoreaba un rebaño de ovejas sabía el esfuerzo que exigían, pero le proporcionaban unos ingresos nada despreciables, una fuente de alimentación abundante para toda la familia y la materia prima para elaborar ropas muy acogedoras y más abrigadas que ninguna.

En un tiempo donde todo escaseaba, la abundancia de lana marcaba una diferencia con otras casas. Las tareas empezaban con el esquileo al final de la primavera, antes de que llegasen los días más calurosos del verano, y había verdaderos expertos en el manejo de las tijeras bien afiladas, dejando el lomo de las ovejas cuajado de surcos rectos como un dibujo precioso, y el vellón de lana mullido y entero, dispuesto para todo el proceso de labores aprovechando hasta la hebra más pequeña.

Primero se sumergía en artesas y gamellas para que la naturaleza de la lanolina hiciese su efecto detergente, y después se lavaba en el río con mucha agua. El mejor escurrido se conseguía dejándola metida en cestos varios días antes de extenderla para que se secara del todo. El escarmenado se hacía a mano, y después se cardaba trozo a trozo usando dos cardas de púas metálicas entre las que se frotaba la lana hasta mostrarse limpia y esponjosa. El huso, la rueca y un juego de agujas para tejer en manos habilidosas alcanzaban el milagro de transformar un vellón informe en vestido para personas: piugos o piales, medias, refajos, bufandas y tapabocas, mantones y mantillas, jerséis, sayas, capotes, mantas, colchones, almohadas…

– Donde no tenían hatajo usaban paja de centeno para hacer jergones, y había quien los rellenaba con aristas de las alubias o con las hojas del maíz o de los gamones que se recogían por el campo para forraje -los recuerdos brotan de manantial remansado y sereno, queriendo ser compartidos con todos antes de que el despeñadero del tiempo los condene al olvido para siempre-. Algunos que no tenían rebaño buscaban las vedijas que quedaban enredadas en las zarzas y los matorrales al paso de las ovejas para hacer con ellas el relleno de sus almohadas.

Los vellones destinados a la venta se metían en sacas y se guardaban a la espera de los tratantes de Huerta del Rey, que acudían todos los años primero para regatear el precio de la lana y más tarde el de los pellejos de las machorras que se mataban en noviembre para bodas entre las reses que no se quedaban preñadas.

– «Pellejeros son todos los de Huerta del Rey. Pellejeros son todos. Hasta el cura también» -cantaban los chicos, y las chicas jugando a las tabas que coloreaban echándolas a las calderas donde se tintaban de negro, rojo, verde o rosa las prendas de lana antes de usarlas-.

El oficio de pellejero y el de comprador de lana que iba de pueblo en pueblo es posible que haya desaparecido como nosotros los conocimos siendo pequeños, pero el valor de las propiedades de los tejidos hechos con lana sigue creciendo en prestigio y se aprecia como muy superior a los confeccionados con fibras artificiales. Con razón se consideró como el oro blanco de las mesetas castellanas, y con razón forma parte de los símbolos más ancestrales de la humanidad, de mansedumbre y paz, de lealtad y de nobleza.

Feli Cabrejas-

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.