El arado romano

El labrador labrando era lo que más se veía en otoño cuando salíamos al campo. Las tierras eran pardas si todavía no había pasado el arado por ellas, o negreaban en surcos bien hechos por las partes donde la reja había levantado ya los terrones resecos aflorando la humedad escondida bajo el suelo.

Castilla ha sido siempre tierra de cereales. También de legumbres, vino y remolacha azucarera, claro está, pero más que nada de cereales. De aquí salían las cosechas de trigo que daban de comer a toda España desde los inicios de la historia.

Es natural que la herramienta más importante de trabajo fuera siempre el arado, y lo sigue siendo, aunque ahora sea remolcado por la maquinaria agrícola más moderna en vez de por yuntas de bueyes o de machos, que fue como se hizo durante siglos enteros.

Al más sencillo siempre se le llamó arado romano, aunque su denominación más apropiada debería ser arado celtíbero, porque retrocediendo un poco en el tiempo en busca de sus orígenes, descubrimos que ya se usaba cinco mil años antes de Cristo, y que los romanos lo que hicieron fue ponerle la reja de hierro que hasta entonces era de madera y se rompía cada vez que daba en una piedra o el terreno estaba demasiado duro.

La parte más importante del arado se llama cama, y es una pieza de madera curva sobre la que se asientan todas las demás piezas que lo componen. Por la parte baja el dental sobre el que se asienta la reja, y a sus dos lados las orejeras que sirven para dirigir el movimiento de la tierra y la formación de los surcos. De la cama también sale la esteva, que empuñada por la mano experta del que ara, que asegura la dirección de la labor y la profundidad en la que entra la reja en el terreno.

A la parte alta de la cama se fija el timón con dos fuertes abrazaderas de hierro, puesto que tiene que soportar el arrastre de la yunta que tira del arado trabado con la lavija en el barzón del ubio donde van uncidos los animales con las coyundas.

Hasta mediados del siglo pasado en casi todas las casas había una yunta de buenos bueyes para hacer todas las labores del campo, y algo más tarde fueron cambiándose por machos, posiblemente porque eran más rápidos en la marcha aunque perdiesen en la capacidad de potencia de tiro. En aquellos años, entre los meses de octubre y noviembre, y también a partir de febrero o marzo, según vinieran las lluvias, era normal salir a las afueras del pueblo y ver en lontananza la estampa de hombres y yuntas entregados a la simienza. El cielo estaba bajo, las nubes flotaban a lo lejos anunciando agua, y el hombre con su esteva en la mano derramaba la semilla en el surco recién abierto, que pasados los meses renacería de la tierra, se haría espiga, y, más tarde, convertiría el molino en harina y el cocedero en el pan que comeríamos todos en la mesa.

Hoy nos queremos acordar del arado romano, principal herramienta de trabajo en los pueblos castellanos desde hace más de cinco mil años, y queremos acordarnos sobre todo de los labradores cuya mano empuñaba la esteva que en cada sementera ponía en marcha el milagro del pan nuestro cotidiano.

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