Don Boni, el último cura que hubo en Fuentearmegil.

-¿Tú conociste a don Boni, Avelino?

-¿No le iba a conocer? Como aquel cura no he visto otro a cien leguas a la redonda. Cuando decía misa levantaba la cabeza hacia el cielo como si hablara con Dios en persona, y le gritaba en latín el dóminus vobiscum como si Dios estuviese pensando en otra cosa y tuviera que dejarlo todo para hacerle caso.

-¨Es verdad que mató a la cigüeña en el campanario?

  -Nunca se lo perdonará el pueblo. Echaba pestes con el aquel de que cualquier día iba a caerse la torre por el peso del nido, pero de ahí a que tuviera que matarla hay mucho cacho.

Contaban que la nuestra había sido la primera iglesia que le dieron al poco de salir del Seminario, y se hizo bien a la vida de aquí. Sembraba la huerta, cuidaba una viña que tenía, y hasta engordaba una cochina para hacer matanza.

-¿Qué tal se llevaba con la gente?

-¿Qué quieres que te diga? Yo creo que a los que no éramos muy de misas nos miraba un poco como si no fuéramos trigo limpio, pero la verdad es que los mozos le pillábamos las vueltas en cuanto se descuidaba, y algo de razón no le faltaba para que recelara de nosotros. Una vez que estábamos haciendo un pozo en un huerto entre unos cuantos, se acercó a ver cómo lo llevábamos, dándonos explicaciones del modo mejor de hacerlo por algún busilis de corrientes subterráneas o quién sabe qué misterios de la ciencia, y el Secundino, uno que después de la guerra creo que se metió guardia y ha vuelto poco, le dijo que bajara con una escalera para que nos dijera si teníamos que ahondar mucho para que empezara a brotar agua.

-¿Y qué pasó?

-Bajó, y desde abajo seguía con sus explicaciones sobre el grado de humedad, la densidad de la clase de tierra… Y estando en esas, el Secundino sacó la escalera del pozo mientras que él seguía con su perorata.

-Como parece que va a ser cosa de un rato, nos vamos a acercar a la cantina a rellenar la bota de vino para cuando salgas.

-No me digas que le dejasteis en el pozo.

-Como te lo cuento. Nos fuimos a la cantina, que por entonces la llevaba uno de Ucero que se llamaba Evaristo el Lobo, y allí estuvimos merendando un poco de escabeche con aceitunas y nos bebimos un par de porrones antes de volver al huerto.

-¿Y…?

-Allí le encontramos, donde le habíamos dejado. Yo creo que sentado en el fondo del pozo, y no sé si rezando por si Dios o nosotros nos habíamos olvidado de él y no volvíamos hasta qué sé yo cuándo.

-¿Qué os dijo?

-¿Qué nos va a decir? Cuando vio que echábamos la escalera, se agarró a ella sin decir ni pío, y echó hacia arriba como un gato subiendo a una parra. Hasta que no asomó el sombrero de teja por encima del brocal no le volvió la color a la cara, y parecía que iba a arrancar a salmodear, pero el Secun le alargó la bota llena de vino:

-Echa un trago, que tendrás reseco. Ya te dijimos que íbamos a rellenarla. No hemos tardado tanto.

-No, si no digo nada. No digo nada. Es bueno este vino del cantinero, y sienta bien al cuerpo. Me voy, que se me ha hecho algo tarde para el último oremus del día.

Y se fue a buen paso, dando la vuelta al pueblo por el camino de las eras hacia su casa, sin volverse a mirarnos. Al salir saltando por la talanquera, le vimos que tenía los bajos de la sotana manchados de tierra mojada.

-Sí que se la hicisteis buena, sí.

El tio Avelino es de esas personas que están deseando encontrar oyentes dispuestos a escuchar sus correrías de joven.

 -Te diré que después de lo menos sesenta años que le enterramos, todavía hay mucha gente de los que le conocimos que le mienta. Al final ha resultado ser el último cura de la Historia con casa en el pueblo

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