De pastores y de pastoras

De pequeño me contaba mi madre que había empezado a ir con las ovejas al tiempo que otros empezaban a ir a la escuela, y mi padre debió de hacer lo mismo con menos de diez años. Nada me extrañaría que a él le enseñaran a escribir durante la guerra, y que mi madre aprendiera a fuerza de desengaños en la larga carrera universitaria que es la vida. Había muchos casos parecidos.

Tengo una amiga que se fue a trabajar al extranjero, y pasado un tiempo recibió por sorpresa una carta de su madre, que había aprendido a escribir para poder cartearse con su hija:

-Me han enseñado unas señoritas muy guapas que han venido de Soria a enseñarnos a leer y escribir a todas.

Los corrales de las ovejas estaban cerca del monte entre Fuencaliente y Santervás, y por la zona que linda con Zayuelas y Cañicera. Eran construcciones sencillas, cuatro paredes de adobe, un tejado sobre cabrios y costeras de chopo y una puerta hecha con unas tablas clavadas en dos travesaños. Un trozo de cuerda servía para tirar de ella y poder abrir o cerrar una aldabilla, y un gozne asentado sobre una piedra con un agujero en medio hacía la función de bisagra.

-Nosotros guardamos una madera que estuvo puesta encima de la puerta de un corral con el nombre de nuestro padre, de cuando guardaba allí su hatajo: «Celestino Encabo» -dicen el Ismael y la Julia satisfechos de poder conservarla después de tanto tiempo-. Y también tenemos tres tablas de una puerta de corral en la que todavía pueden leerse los nombres de los pastores que quisieron dejar testimonio de su paso por allí para que perdurara su memoria: Joaquín, Celestino, Martín, Pedro. Y es para pensar en la dura vida que llevarían y en los derrumbaderos del destino que a cada uno iba a dar su suerte diferente. Martín murió hacia 1930, antes de cumplir catorce años, por la explosión de un cohete de espantar nublados que encontraron tres pastores en La Carrascá tirado en medio de unas chaparras.

Delante del corral se abría la explanada de la majada, algunas veces con piedras planas para dar sal al rebaño. Eran los salegares, y todavía puede verse alguno en alguna pradera.

Los pastores llevaban a las ovejas de un paraje a otro según tuvieran más o menos hierba, y tenían que cuidar de ellas para que no se metiesen en los vedados y que no se embargaran con las rastrojeras o los estepares cuajados de flores en primavera. Cuando estaban careando aquietadas podían descuidarse algo y ocupaban el tiempo haciendo chiflos con una rama verde de chopo o una caña, dibujar con la navaja un nombre o una fecha en una cachava o en una colodra, o hacer unas tarrañuelas para alguna moza en la que se hubiesen fijado más que en las otras.

A veces se juntaban alrededor de una lumbre en la que compartían lo que tuvieran en los zurrones, o asaban unos hongos recién cogidos, echándoles una pizca de sal que llevaban en un cucurucho por si se terciaba. Uno contaba que había visto una liebre en una cama y por menos de una uña no le había atinado con la cachava en mitad del espinazo. Otro había descubierto unas huellas como de zorro merodeando el corral y estaba maquinando cómo pillarle las vueltas.

-¿No os habéis enterado de una buena que le pasó hace unos días a una pastora de Fuencaliente?

-Cuenta, cuenta. Pero antes vamos a darle un tiento a la bota, por si la echas larga y te entra reseco.

-Dicen que cuando fue a cerrar las ovejas no se atrevían a entrar en el corral atemorizadas, y lo mismo le pasó con la perra, que la mandó adelantarse por si había alguna alimaña y salió escopetada con el rabo encogido y ladrando asustada.

-¿Y qué hizo?

-Pues lo que haríamos todos. Sin pensárselo dos veces entró con todos sus arrestos dispuesta a desbrozar lo que fuera, y se encontró una cuadrilla de gitanos que habían tomado el corral como si fueran los dueños. Dice que tenían el suelo lleno de cestas, calderos, sartenes y cazuelas, quincallas y jergones. Hasta una recua de caballerías habían atado a un poste.

-¿Y cómo acabó la cosa.

-En cuanto la vieron dando voces y sin atenerse a contemplaciones, metieron como pudieron las cosas en los serones de las bestias y salieron a escape, más deprisa de lo que había salido la perra.

-Para que luego digan que las mozas no valen para pastoras.

-Para que luego digan que las mujeres no se bastan solas para defender sus cosas igual que los hombres.

-Por nuestros pueblos siempre hubo muchas pastoras, y lo hacían tan bien como cualquiera. No hay que ver más que el caso de la de Fuencaliente.

-Ni que lo digas. Dentro de cincuenta años alguien contará por internet esta historia.

3 comentarios

  1. Gracias por dejar vuestros comentarios. La verdad es que las ovejas fueron importantes en la forma de vida de muchas casas, y hubieran seguido siendo si las cosas no habrían cambiado tanto. Nunca sabremos seguro si ha sido para mejor, o todo lo contrario.

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