Las casas tienen historia y guardan huella de los que vivieron en ellas

La casa de mi tío Pepe había sido antes del tío Lucas y la tía Valeriana, y cuando murieron ellos le tocó en suertes al tío Cándido y la heredaron después sus tres hijos. Ahora es una vivienda de construcción moderna en la que vive una de mis primas, perdido ya el aire entrañable de la original aunque al edificar la nueva salvaron la cocina primitiva como refrenando los respiraderos de la memoria. Me gustaría saber de quién era antes de ser del tío Lucas, pero es difícil después de tanto tiempo. Las casas tienen genealogía igual que las personas, y podríamos escribir su Historia conociendo el nombre del primero que vivió en ellas, que empezó eligiendo el solar y abriendo surcos para los cimientos donde asentar las primeras hileras de piedras, entresacó los mejores postes y las mejores vigas de los chopos que tenía en el plantío, hizo los adobes amasando barro, paja y agua para levantar las paredes y echó el tejado con las tejas acarreadas desde la tejera que tenían por el Camino de Santa María el Teófilo y la Sabina, que fueron los últimos tejeros que hubo en estos pueblos.

La casa estaba un poco más arriba de la plaza, frente a la picota cuando la picota se levantaba a la puerta de la Casa Pueblo. Llamaba la atención por una parra grande que se extendía por toda la fachada dando sombra al zaguán que resguardaba la puerta hecha de grandes tablones color madera vieja claveteados con tachuelas enormes como monedas de cobre machacadas a martillazos hasta incrustarlas en las tablas. Un portal amplio daba paso a las distintas estancias: una sala que servía de comedor los días de guardar, con la alcoba del matrimonio al fondo separada por un par de cortinas rosas de raso, algún cuarto interior mal ventilado, y la cocina donde se guisaba, se luchaba contra el frío del invierno arrimados a la lumbre baja, y se comía los días de diario alrededor de una mesa redonda con hule de cuadros verdes y faldas amarillas resguardando el rescoldo del brasero. Alfondo del portal se abría la cuadra de las caballerías que se uncían en yunta, y una escalera de madera muy desgastada subía a la cámbara donde se almacenaba la cosecha en trojes según las especies del grano, y sobre los montones se extendían los productos de los huertos para que fueran sazonándose. La bodega para el vino de la cosecha, el cocedero de hacer el pan, los corrales para meter el rebaño, cortijos para las cochinas, gallineros, pajares, y cocheras completaban los cachimanes dispuestos cerca de la vivienda.

La composición de la casa tradicional se ha ido conformando a lo largo del tiempo, en función de lo que daba la tierra y de las condiciones climáticas.

Recordar la casa donde nacimos o pasamos nuestra primera infancia. nos permite reconocernos en los olores, los sabores, los paisajes que nos parecen más nuestros que ninguno y a nosotros mismos como parte de ellos.

La casa donde yo nací, poco antes de que el Camino de Fuencaliente empezase a estirarse hacia la mojonera arrancando desde la bodega del tio Dionisio, era por un igual como todas las del pueblo: su parra y poyo a la puerta, sus cuartos, cocina, cuadra y cámbara. En la parte de atrás teníamos un gallinero abierto al campo donde las gallinas ponían sus huevos en nidales de cestas viejas y salían o entraban siguiendo sus apetencias naturales. Alguna noche pegaba el zorro empujado por el hambre y nos dejaba sin gallinas y sin huevos.

Las casas son seres vivos como las personas, y guardan memoria de los que vivieron en ellas.

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