La Posada del Lobo

Me contaba mi padre: conocí a un tipo de ciudad que quería ser campesino. Se llamaba Isidro Carro Cillero, y con ese nombre que otra cosa podía querer ser… Cuando Isidro se jubiló, decidió dejar la ciudad, compró a buen precio una vieja casa de campo en un pueblo apartado del mundanal ruido, la restauró y marchó allí a vivir.

Eran las seis cuando llegué a la cantina, estaba chispeando y el cielo permanecía lóbrego y copado de nubes plomizas. Sentí como la niebla baja rodeaba mi cuerpo y abrazándome con su tacto húmedo provocaba en mí un sombrío escalofrío.

En la entrada había un cartel colgante iluminado levemente por un farolillo suspendido de luz pobre y amarillenta, con un lobo oscuro grabado a fuego en la madera y al lado del can, esculpido en letra antigua, “Taberna del Lobo”.

La entrada a la taberna eran dos portalones de vieja madera, con cristales desde los cuales podías llegar a apreciar el interior de la taberna. Encima de la puerta, sobre madera, un letrero escrito con el texto “Posada-Taberna”, y a los laterales de la puerta dos alargados carteles verticales, en el de la izquierda un dibujo de un lobo aullando a una luna enorme, redonda y blanca, y en el de la derecha en tiza sobre pizarra escritos los platos típicos que se podía degustar en la casa…

Se reunían todas las tardes en la vieja posada, Isidro, Atilano y Baldomero Lobo, el tabernero. Cuando entré, Atilano el molinero, nieto del tio Zacarías “el harinas” me miró con un poco de curiosidad y un mucho de sorpresa, pero continuaron conversando. Me senté y pedí un vaso de vino de la cosecha y un torrezno para entrar en calor, tal como dice el refrán: “con vino y tocino no hay ni frío ni
mal camino”. Mientras el molinero hablaba de la subida del trigo y de la mala cosecha pasada, los demás escuchaban con inusitada atención sus quejas.

Al fondo, sentado en un viejo barril de madera frente a un amplio ventanal velado por la humedad y por la oscuridad de la tarde, Norberto, el hijo del posadero, observaba con la mirada intensa y perdida como caía sin descanso una lluvia fina y pausada. Tras el cristal, granulado de miríadas de gotas de agua que resbalaban lentamente dejando la huella de su camino marcada hasta precipitarse por el borde del marco, el suelo de la calle se iba empapando perezosamente de una lluvia casi tan ligera como la bruma.

Los charcos salpicaban al contacto de las gotas más gruesas, mientras la incesante llovizna golpeaba de vez en cuando los cristales acompañada de ligeras ráfagas de viento. El arroyo-calle iba aumentando su caudal.

Bien entrado el otoño, había llegado el aguacero a besar la tierra reseca y era bienvenido y aplaudido porque hacía buena falta.

– ¿Qué tal llueve, Norberto? –quiso saber Baldomero haciendo una pausa en la conversación con sus contertulios.

La respuesta se hizo esperar. El chaval, embelesado y abstraído, apenas prestaba atención a nada que no fuera ver caer la lluvia, musitando de vez en cuando frente al ventanal alguna canción o alguna oración que surgían confusamente de sus labios entrecerrados, haciéndose apenas comprensibles.

La lluvia seguía cayendo lentamente como caía la tarde. Su monótono y uniforme sonido envolvía el ambiente ocupando el silencio y enmascarando el murmullo de las conversaciones.

– ¡Pero hijo!, ¿llueve o no llueve? –inquirió desconcertado.

– Llueve bien, padre – murmuró al volverse a contestar, con una mirada entre confusa y nostálgica, casi triste… como sumido en un pensamiento indescifrable.

Baldomero Lobo se acercó a él, le acarició el cabello, y él se volvió dirigiéndole una mirada cándida de agradecimiento y una sonrisa. Entonces le abrazó hasta hacerle más pequeño entre sus brazos, donde se acurrucó como un pichón indefenso. En ese momento Baldomero parecía revivir las interminables y oscuras noches en que Norberto acudía sigiloso a buscar refugio en su cama, asustado por el ruido de la lluvia, los relámpagos, el aullido de algún perro o el rumor del viento.

Norberto había crecido a la sombra del letrero del lobo aullante, entre vasos y platos, bebidas y comidas, voces y silencios, personas y fantasmas. Toda su vida había trascurrido entre la escuela, y aquella taberna empapada en olor a vino, tabaco y leña, a cocina y a bodega.

– Anda ves con madre, que está sola en casa y ya sabes que no le gustan los días de lluvia.- Concluyó con voz firme.

– Está bien – admitió bajando del tonel de madera de un salto-. Ya voy.

Corrió hasta trasponer por la puerta que comunicaba la taberna con la vieja casa familiar. Baldomero pensativo, lo miró con fijeza mientras con la jarra de porcelana llena de vino se acercaba a la mesa, donde seguían de charla Isidro y Atilano, para llenar los vasos.

Por unos instantes los ojos se irritaban y comenzaban a picar. El ambiente estaba cargado del humo del tabaco y del de la chimenea que no acababa de tirar bien porque la puerta permanecía cerrada por la tormenta y el viento estaba alborotado.

De repente se abrió la puerta y entró un hombre vestido con un capote y rudas botas, empapado por la lluvia, expulsándose con vehemencia el agua que traía encima. A su entrada corrió un viento húmedo por la estancia refrescando el ambiente, y el humo se retorció rabioso por el aire.

Era un tipo alto, con la frente ancha y pronunciada, los ojos hundidos, cejas muy pobladas y de marcado mentón. Todo ello le daba un carácter misterioso e incluso un poco siniestro, pareciendo un espectro surgido de las tinieblas. Según supe después el buen hombre era el pastor del pueblo de al lado, del cual había oído contar historias entrañables.

Mientras tanto, el cantinero y los demás ya se habían puesto a jugar a las cartas en la mesa más cercana a la lumbre.

– Ten cuidado –dijo Isidro-. El suelo está mojado y resbala.

– ¿Qué te sirvo, Teótimo? -preguntó el posadero levantándose y acercándose a la barra, dejando parada momentáneamente la partida.

– Ponme una copita de aguardiente, a ver si resucito -contestó con una voz profunda y ronca-. ¡Vaya tarde se ha puesto! De lo que llovía las he tenido que cerrar…

Se quitó el capote y lo colgó en una punta que había clavada a modo de percha en una columna de madera que había en medio de la sala. Debajo del capote protegido del agua llevaba colgado un apretado zurrón de piel de cordero, que puso sobre la mesa y abrió. Estaba repleto de setas que dijo había cogido en la pradera de Valdecejos. Después acercó a la mesa una taleguilla de ropa mojada que traía en las manos y que parecía moverse haciendo un ruido extraño. Al abrirla pudimos descubrir que estaba llena de cangrejos del Cejos.

-Dile a tu mujer que nos los prepare y nos los merendamos con las setas. –Se dirigió a Baldomero con una sonrisa en los labios, sentándose en una silla de esparto frente a la chimenea para entrar en calor y secarse un poco.

-Eso está hecho… Sécate un poco y siéntate con nosotros, y nos echamos un guiñote mientras nos los prepara.

Teótimo, después de permanecer un rato frente a la lumbre, se acercó a la barra, cogió la copa de aguardiente en una mano y el torrezno en la otra y se sentó a la mesa de juego. Con parsimonia sacó la petaca de tabaco y se preparó una pipa mientras Atilano repartía cartas.

De repente la voz grave del pastor me sacó de mi ensueño y mis volubles pensamientos.

– ¡Si le gustan, también usted está invitado!. –Dijo con voz marcada, girando la mirada hacia mí, mientras ordenaba en sus manos las cartas-

-Muchas gracias. La verdad es que no está el rato para salir, así que le acepto la invitación y algo probaré. -Contesté agradeciendo la deferencia-. Ya hace tiempo que no he catado cangrejos ni setas.

Me quedé fijamente observando al pastor y me dí cuenta de algo; aquel hombre parecía no tener edad. Entre la gente tenía fama de ser muy apañado y hacerse a todo, lo mismo le daba planchar un huevo que freír un calcetín. Por eso y por estar siempre dispuesto a ayudar al que se lo pedía, todo el mundo le apreciaba en este pueblo. También decían de él que era un magnifico contador de cuentos y que sabía innumerables retruécanos.

Miré para afuera, la humedad nublaba la ventana y no había cielo. No se apreciaba nada más que penumbra y el agua caer sobre los charcos iluminados por la luz tenue del farolillo de la entrada. Se oía a lo lejos una radio en la trastienda, emitiendo una radionovela y en los entreactos alguna triste canción.

Me encontraba un poco fuera de lugar entre ellos, pero me encantaba oírles hablar y escuchar sus historias. Así que me acerqué a la mesa de juego a mirar como trascurría la partida y escuchar los comentarios de todo tipo que allí se cocían. Después de unas cuantas partidas, pude comprobar que Teótimo, además de tener retruécanos escondidos para todos los temas, en el juego era previsible y no sabía disimular. Cuando le venían malas cartas fruncía el entrecejo sin la menor suspicacia y ponía gesto de malas pulgas, así mismo cuando le venían buenas, ponía cara de complacencia y daba una profunda calada a la pipa haciendo anillos de humo que ascendían serenos y lentos, expandiendo el humo por toda la mesa.

Quizás por esa u otra razón, su juego y el de su compañero, quedaban habitualmente al descubierto. Cuando veía que la partida se les escapaba elevaba inconscientemente la voz como enfadado consigo mismo, mientras Atilano su compañero con una tranquilidad envidiable mantenía sufridamente el tipo y la paciencia. En esos instantes la mirada y el tono de Teótimo delataban mal humor, y Baldomero alentado por la victoria se pavoneaba, riéndose. “¡Vaya, vaya, vaya con los sabios del juego!”, “¡Ni aún dándoos ventaja de tres partidas, la claváis!.

La lluvia continuaba y se iba haciendo tarde.

-¡Id acabando el juego, que la merienda está casi a punto! -dijo Angustias desde la trastienda.

-Apresurad y acabemos rápido la partida -apuntilló Teótimo con una morisqueta en el rostro-, que es mejor comerse un chorizo a la sombra, que comerse la sombra de un chorizo. Y sabed que barriga llena, corazón contento.

Baldomero ayudado por su hijo Norberto preparó en un instante una mesa junto a la ventana mientras Angustias puso los cubiertos y platos, sacó la bebida y sirvió la comida en los platos.

-¡Vaya sabor tienen estos cangrejos! –exclamó Isidro devorando uno rojo y enorme. Después cogió el porrón, lo empinó y dio un largo trago de vino de la cosecha recreándose en el sabor, y añadió pensativo- Yo un día, en un restaurante de etiqueta en Madrid, comí unos tan grandes como estos, pero nada que ver…

Teótimo insistía en que todo estaba buenísimo, pero que en el campo, todo sabía mejor, sobre todo cualquier día claro junto a un cubillo de agua fresca y a la sombra de una carrasca, viendo a lo lejos las montañas.

Un rato después, entre charlas anécdotas y risas, habíamos dado cuenta, sin prisa pero sin pausa, de aquellos exquisitos platos de comida que nos había preparado la tabernera con los productos de la tierra.

Ya tarde, me despedí de todos. Me puse el abrigo y la capucha, salí a la calle sin mirar atrás y marché para casa porque la lluvia había amainado un instante.

Durante un momento mi atención se desvió hacia la torre de la iglesia que apenas se veía asomar confusamente detrás de los tejados. Eché a andar recorriendo las calles frías, mojadas y vacías de Valdecejos camino al hogar. Era de noche y hacía aire. Solo se oía el ulular del viento y mis pisadas crujir sobre la tierra mojada. La lluvia y las horas lentas del otoño me habían sumido en la melancolía, y mi corazón palpitaba mientras la brisa suspiraba y la tierra desprendía olor a raíces y a noche. Una ráfaga de viento del norte estremeció los árboles de la olmeda, llevándose por el aire las pocas hojas que aún quedaban en sus ramas y mis ojos, por el frío y los recuerdos, se humedecieron de lágrimas.

Caminando hacia casa parecía detenerse el mundo, pero realmente el pasado se escapaba sigilosamente a mis espaldas y no importaba que mi reloj se hubiera parado porque sonaron las campanas de la torre mostrándome el inexorable paso del tiempo.

Siempre había algo que disfrutar, aprender o recordar, al acercarse cualquier tarde a la taberna del lobo a solazarse y remojarse el gaznate con unos tragos de sublime vino rosado de la cosecha, desprendidos de un vetusto porrón.

La vida da tiempo para todo, bueno y malo.

Javier Gómez Lucas

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