La España vaciada (9).

Nuestra cultura tradicional, un bien insustituible sin el reconocimiento que le corresponde.

La palabra folclore no es la mejor para hablar de los modos de vida y las costumbres seguidas en un sitio. Es mucho más entrañable la manera de decirlo en español con la expresión «la cultura de un pueblo», que es lo que significa ese anglicismo que nos ha llegado de fuera como si aquí no tuviéramos nuestro propio modo de entendernos. Cultura es el conjunto de lo que hacemos ajustándonos a unas normas y unos usos aprendidos por la humanidad a lo largo de la Historia. Cultura es todo: vestirse, alimentarse, divertirse. Nacer, crecer, reproducirse, morir. El aprovechamiento de materiales tratados conforme procedimientos heredados, los conocimientos adquiridos durante siglos buscando el bienestar y la supervivencia, y el conjunto de costumbres transmitido a las siguientes generaciones encomendándoles seguirlas y respetarlas. Si algún día se perdiera para siempre la forma de vida de cualquier pueblo por pequeño que sea, toda la humanidad perdería algo importante de su historia para siempre. La tendencia hacia la modernidad no debería contraponerse a lo de antes porque lo nuevo nace siempre de las formas anteriores y no podría entenderse sin reconocer el esfuerzo de cuantos vivieron antes que nosotros desde el principio de los tiempos. Debajo de cada actividad cotidiana por insignificante que nos parezca se esconde una fuerza cultural inconmensurable que nos permite avanzar en el camino mejorando a cada paso.

Pensar un poco en algunas de las labores concretas que se han hecho durante siglos puede servirnos para hacernos una idea del valor cultural de nuestros pueblos: piales y tapabocas, toquillas, mantones y peregrinas, los capotes como ropa de abrigo sin comparación posible con nada nuevo, son algunas prendas de vestir que en la modernidad dan lugar a ropas de alta costura y sofisticación que se derivan de la labor silenciosa de horas infinitas de mujeres sentadas junto al fuego, afanándose en preparar los vellones de las ovejas, cardando la lana, hilándola, tejiéndola, tiñéndola con tintes de plantas. Panes y panetes, tortas, sobadillos y roscos, todo el ritual de la alimentación que se inicia con la selección de la mejor simiente, seguido de la siembra, el cuidado de lo sembrado, la cosecha que se despliega con la siega, el acarreado, la trilla y la bielda, la molienda del trigo, el cernido de la harina y el amasado necesario para formar la hogaza que se meterá en el horno para convertirla en la bendición del alimento que da la vida.

Sería demasiado largo referirnos a todos los trabajos y tareas, a todos los hábitos y todas las actividades que conforman el tejido social de nuestro sistema cultural, y nos conformaremos con detallar una serie incompleta de oficios y costumbres que han dado forma bien coesionada a una manera de vivir conociendo los recursos del entorno y siendo respetuosos con la naturaleza. Cabrero, muletero, pastor, herrero, viñadero, los gaiteros que ponen el son al baile de la ronda y madrugan para el toque de diana, la cuadrilla de mozos que en la última noche de febrero cantan de puerta en puerta las marzas, el reinado de los mozos, la matanza de la cochina, la siembra de mimbreras para algún día poder hurdir cestas, la vendimia de las viñas y la elaboración del mosto en el lagar público para disponer de vino durante toda la temporada, hacer adobes para levantar las paredes de sus casas… La lista de actividades y tareas resultaría interminable, y todas ellas se hicieron siempre procurando su renovación estacional por la necesidad de asegurarse su disponibilidad cíclica para ellos y los que vinieran detrás de ellos, hijos, nietos, biznietos…

La lucha contra la despoblación de los pueblos pequeños pasa por la implicación de los poderes públicos provinciales y estatales, poniendo en valor nuestra cultura como fuente de riqueza patrimonial, económica y medioambiental para toda la humanidad. Significa promover acciones educativas que contribuyan a difundir la realidad y los valores del medio rural, ‘ncluyendo el conocimiento de la cultura sostenible en la educación obligatoria, y sensibilizando sobre su importancia a los hombres y mujeres de las grandes ciudades en su conjunto.

Todavía estamos a tiempo, pero cada vez es más urgente empezar a hacerlo.

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