Ir a cantar las Cuarentenas

Las Cuarentenas,
santas y buenas.
Tengan ustedes
la enhorabuena.

Si nos dan una,
pa’ el hijo de una.
Si nos dan dos,
pa’ el Niño Dios.

Si nos dan tres,
pa’ San Andrés.
Si nos dan cuatro,
pa’ el Hijo Santo.

Si nos dan cinco,
pa’ San Francisco.
Si nos dan seis,
en el cielo lo veréis.

La persona que me habla de esta costumbre totalmente extinguida con el paso de los años, me habla de ella convencida de que será muy difícil que vuelva a recuperarse algún día, y de que andando el tiempo pasará al olvido para siempre, con lo que supone de pérdida del conjunto de usos y costumbres conservadas durante siglos.

En nuestros pueblos también se llamaba Ir a pedir del Gallo, por ser un gallo uno de los atractivos de la fiesta. Se celebraba en los días anteriores a los del Carnaval o Carnestolendas, que de las dos maneras se decía, lo mismo que la costumbre de disfrazarse o la de Correr la Baquilla, que por algunos pueblos de pinares llamaban Barrosa.

La costumbre de ir a Pedir del Gallo la hacían los chicos y las chicas de la escuela el sábado de carnaval, si no lo recuerdo mal, yendo a los cuatro pueblos del Coto Redondo. Se levantaban temprano y hacían el recorrido de un pueblo a otro andando, cantando a coro con tronerío de todas las voces detrás de la bandera que llevaba uno de los chicos más mayores de la escuela:

De Francia, de Francia vengo.
De Francia voy a Toledo.
Salieron siete ladrones,
me robaron el dinero.
Lo poco que me quedaba,
Pa’ comprar un gallo negro…

-Yo sólo fui el último año que se hizo, pero no lo he olvidado después de tantos años. A la hora de la comida cada uno iba a comer a casa de sus familiares. Por lo general, todos teníamos parientes en los cuatro pueblos. En Fuentearmegil yo tenía unos tíos que vivían cerca de la Casa Pueblo. En Zayuelas me acuerdo que una mujer tenía colmenas, y nos dio a cada uno una rebanada de pan con bien de miel, que estaba buenísima porque por entonces no en todas las casas había.

En esos días algunos mozos corrían la «vaquilla» por todas las calles para asustar a las chicas y las mozas con los cuernos que ponían en unos palos para que parecieran más peligrosos. Otro iba con él disfrazado de torero, y le animaba a que amorcara a las que se encontraban.

El domingo por la mañana los chicos de la escuela corrían detrás de un gallo hasta que conseguían cansarle. Entonces le pillaban, y era cuando empezaba el juego más esperado, que era lo que daba nombre al día de la fiesta, aunque valorado fuera de contexto hoy sin duda podría juzgarse políticamente incorrecto. Consistía en enterrar al gallo en el suelo, dejando fuera la cabeza, y uno de los mayores era el encargado de darle golpes con un palo con los ojos tapados hasta conseguir matarle. Algo parecido se repetía por la tarde en las eras delante de todos los vecinos que salían a verles, pero entonces lo que se hacía era llenar unos pucheros de caramelos, y todos los chicos que quisieran podían romperlos también con un palo y los ojos vendados, repartiéndose los caramelos entre todos.

Al atardecer hacían una merienda grande con las tortillas hechas por las madres con los huevos que les daban al pedir por las casas, y el guiso del gallo que habían matado por la mañana. Con la merienda, algunos bebían agua o una gaseosa pequeña, pero no estaba mal visto beber vino, y el porrón pasaba de uno a otro levantándole en el aire todo lo largo que era el brazo, mientras que los demás cantaban aquella canción pegadiza que animaba a seguir bebiendo:

Que beba, que beba,
que beba, que pún.
Si le ha sabido bien,
que vuelva usted a beber.
Que beba, que beba.
que beba, que pún…

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