El reinado de los mozos

Un día me invitó el tio Avelino a merendar en su casa, por el aquel de que me hablase de las costumbres de antes, Y de las maneras de divertirse que había en el pueblo cuando él era joven.

-Aquéllas sí que eran juergas de verdad y no éstas de los mozos de ahora -dice saliéndosele el entusiasmo por los ojos.

-Ya he escuchado yo que las hacíais buenas, pero no sería para tanto como se cuenta…

Estábamos en la recocina de su casa, que desde que dejó de hacerse pan en las casas debían usar sólo para cocer las morcillas y conservar la matanza y olía al desamparo acre de las cocinas donde no se enciende la lumbre más que de Pascuas a Ramos.

-¿Qué te parece el magrero? Este invierno matamos una cochina que no tenía casi tocino y el jamón ha salido cojonudo.

-No está malo, no señor. Las cosas como son, pero lo que entra bien es este vino de la cosecha nada más sacarlo de la bodega.

Acostumbraba a decirse que las viñas del pueblo no criaban buen vino porque había añadas que llegaba octubre sin acabar de madurar y muchas uvas se vendimiaban verdes y se echaba a perder el mosto en el jaraíz al juntarse unas con otras.

-Mientras tengamos no vamos a quejarnos.

-Y menos hubiendo buen magro. Y lo que te iba diciendo. Ahora casi no hay mozos, pero cuando éramos buena montonera lo pasábamos a la grande.

-Lo que nunca he sabido era la manera de escoger al zarragón.

-Eso era cosa de los quintos. Se elegía por cuando las témporas de diciembre y estaba hasta el domingo gordo. Me acuerdo la vez que le tocó al Martín, que no se le metían las cuartetas en la mollera y pasó buena vergüenza en la Casa Pueblo porque se le olvidaban cada dos por tres y tenía que ir soplándoselas a la oreja el Perico, el que tocaba el tamboril con los gaiteros, que era el que mejor se las apañaba y se las sacaba del magín como agua.

Los dos mano a mano, sentados uno a cada lado en las sillas de madera con aquellos respaldos altos que se clavaban en la espalda, teníamos en medio de la mesa que ocupaba el centro de la sala una buena fuente de barro atestada de tajadas gordas de jamón y un par de jarros de vino recién salido de la bodega.

-Y a ti ¿qué tal se te daban las cuartetas esas?

-Pues lo de las cuartetas qué quieres que te diga, pero con el pellejo bien que me las bandeaba. En cuanto que los chicos me veían venir por la calle arriba vestido de zarragón con la capa de pellejos de moreco y el bastón forrado de encañadura de centeno, enseguida se me arremolinaban para beber a morro de la colodra, que más de una vez escurrí los restos antes de llegar al campillo de la iglesia y tuve que ir a por otro.

-¿Y de dónde salía tanto vino?

-Pues de pedir por las casas, ¿de dónde quieres que salga? Hacíamos dos cuadrillas y unos íbamos por las calles de arriba y los otros por las de abajo, cada uno con sus alforjas, y había quien nos daba un avío de huevos, un cantero de pan o un cacho tocino para asarlo en las ascuas, y todo eso lo metíamos en una taleguilla, pero muchas mujeres nos daban una lata de alubias que echábamos en las alforjas, y años hubo que sacamos tres y hasta cuatro costales entre tempranillas y blancas. Pero lo mejor de todo era la que armamos con el boticario cuando le engañamos con la leña que nos daba el Ayuntamiento.

Sobre nuestras cabezas, a lo largo de las paredes ennegrecidas por el humo viejo colgaban de las varas ristras de chorizo, morcillas, alguna güeña y media docena de huesos adobados para echar al puchero. Los perniles solían ahorcarse de los machones del techo con un gancho para no cargar demasiado peso de las varas. De vez en cuando se oía una bandada de golondrinas en la boca de la chimenea de cesto que ocupaba más de media cocina. Ya no se hacen chimeneas así.

-Pues la miga estaba en que como el Municipio no tenía perras porque entonces a ninguno nos sobraba, pues nos hacía el arreglo con tres carros de leña que cogíamos del monte y entre una cosa y otra sacábamos para gastos, que no eran pocos entre el convite a las mozas el día de Reyes y luego la merienda de por la noche de los vecinos. Pues a lo que iba: las alubias las llevábamos a vender a San Esteban, pero la leña tratábamos de ajustarla con el médico, el maestro o alguno de los que no tenían derecho a Suertes. Y un año la ajustamos con el boticario a tanto la gavilla, y como la casa tenía dos puertas él se puso en la de atrás para ir contándolas según las metíamos los mozos a la leñera, pero nosotros salíamos con ellas por la puerta delantera y dábamos la resvuelta a las casas volviendo a entrar para que contase otra vez la misma carga. Así hasta que el Valentín se empeñó en seguir y seguir y al final don Leo se dio cuenta, que de tonto no tenía un pelo, y a lo último acordamos hacer un cálculo de amigos por más o menos y algunos pensamos que acabó acoquinando lo de cinco carros.

El tio Avelino la gozaba contando las historias de cuando era joven. Lo malo es que a la tia Lorenza se le iban los demonios cada vez que le veía hablando por lo largo en cuanto se echaba dos tragos, y él trataba de contenerse para no incomodarla.

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