El Domingo Gordo

Los que fuimos alguna vez a Pedir del Gallo para El Domingo Gordo lo recordamos siempre, levantándonos a primera hora y cantando aquellos cantares inolvidables.

Van tres noches que no duermo. La, La.
He perdido a mi gallito. La, la.
Lo he perdido, la la
Pobrecito. La, la.
Y no sé dónde estará.

El jueves y viernes anterior a la semana del carnaval, que también se llamaba carnestolendas, los chicos y chicas de la escuela solíamos ir a Pedir del Gallo a los pueblos de al lado.

Iniciábamos la marcha a las 9 de la mañana con la Bandera de la Escuela, yendo con nosotros el Maestro o Maestra, en aquellos años nos toco de todo, ya que cambiaban mucho porque todos los que venían eran interinos y paraban poco en estos pueblos por la mala comunicación.

El chico y la chica más mayores llevaban la bandera de la escuela y la cesta para recoger los huevos que nos daban.

He perdido a mi gallito. La, la.
Y no sé dónde estará.
Tiene las plumas de oro. La, la.
Y la cresta colorá. La, la.
Mueve el ala. La, la.
Abre el pico. La, la.
Y no sé dónde estará.

Al llegar a Fuencaliente íbamos a la escuela y mientras los maestros se quedaban hablando entre ellos, nosotros nos íbamos hacer el recorrido, cantando nuestras canciones de casa en casa, y solían darnos como presente uno o dos huevos, un par de perras gordas o alguna pesetilla rubia, pocas.

De Francia, de Francia vengo, de Francia voy a Toledo,
Salieron siete ladrones me robaron el dinero.
Lo poco que me quedaba pa comprar un gallo negro
Este gallo que mal canta que le duele la garganta
Este gallo que mal pita que le duele la pitita.
De comer trigo y avena de los niños de la escuela.

En alguna casa no cantábamos porque estaban de luto por la muerte de algún familiar y nos pedían que rezáramos un padre nuestro y un Avemaría.

Al mediodía nos invitaban a comer en casas de amigos de nuestros padres, con una buena degustación de chorizo, morcilla, costilla o papada. Ninguno se quedaba sin comer porque todos teníamos algún familiar allí o persona de confianza.

Si no terminábamos de ir a todas las casas por la mañana seguíamos por la tarde, y al día siguiente íbamos a Fuentearmegil a hacer el mismo recorrido, mientras que los chicos de estos pueblos nos devolvían la visita, yendo a Santervás con su cesta y su bandera, y nuestras madres les invitaban también a comer como las de ellos habían hecho con nosotros.

En nuestro pueblo pedíamos el Domingo Gordo.

Con todo lo que habíamos recogido el maestro o maestra y los más mayores vendían parte de los huevos, y con el resto nuestras madres nos hacían tortillas de patatas con chorizo. Merendábamos en la escuela, regando la comida con un porrón de vino acompañado de alguna gaseosa, y de postre naranjas y algún rosco que nuestras madres habían preparado para esta fiesta.

Entre los chicos de los pueblos había picadillo sobre quién cantaba mejor y quién tenía mejor escuela, pero recordándolo después de pasar los años todo parece cosa de chiquillería que no iba más lejos.

Al atardecer volvíamos al pueblo, cansados y contentos, llevando la bandera bien alta y la cesta llena de lo que nos habían dado, y y cantando a grandes voces para que todos se enteraran de que habíamos vuelto.

Tiene el piquito de oro, la la
Y la cresta colorá. La, la.
Mueve el ala. La, la.
Estira el cuello. La, la.
Y dice kikiriki.

A ustedes les recomiendo, la, la
por si acaso lo encontraran, la la,
por si acaso, la la
lo encontraran, la la
que me lo traigan a mí.

4 comentarios

  1. Gracias por tu comentario, Julia. estas historias nos vuelven a aquellos tiempos, que todos recordamos con tanto cariño, de cuando íbamos a la escuela y lo pasábamos tam bien con lo uno y con lo otro. qué tiempos aquéllos tan buenos, que nos conformábamos con tan poco.

  2. Recuerdo perfectamente las marchas escolares por los pueblos del coto tal y como lo narras,lo que no recordaba eran las letras de las canciones.Gracias por recordarlo.

  3. Como dices, Lorenzo, tenemos que dar las gracias a Mariano por su generosidad compartiendo con todos sus recuerdos. Pero, si lo pensamos bienj, lo que tenemos es que dar las gracias con todo el corazón a los vecinos que, cada uno en su momento, hicieron vida todas nuestras costumbres, que hicieron posible que ahora nosotros las recordemos.

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