Historia de vida de don Boni, último cura de nuestros pueblos.

Recrear una historia de vida transmitida por tradición oral, es una tarea difícil y abierta a las condiciones de la memoria, seleccionando aspectos y suprimiendo otros, y posiblemente incluso confundiendo o modificando unos hechos por otros, siendo prácticamente imposible la confirmación total de ninguno de ellos, incluso si hiciésemos entrevistas a todas las personas que todavía le recuerdan.

Según ha llegado hasta nosotros por la tradición, se cuenta que le adjudicaron la parroquia de Fuentearmegil al terminar sus estudios en la diócesis del Burgo, que comprendía también los pueblos de Santervás y Zayuelas, lo que pudo ocurrir en torno al año 1925, puesto que ha quedado en la memoria de la gente que al primero que bautizó le puso como segundo nombre el suyo propio, llamándose Elías Bonifacio, hijo de Amancio Antón y Francisca Vicente. Fue cura de esos pueblos durante más de treinta años, muriendo muy probablemente el 17 de enero de 1959, aunque es un dato pendiente de confirmación examinando los Libros eclesiásticos.

Una presencia tan larga siendo cura en un período histórico tan abrupto, explica su persistencia en la memoria a través de las generaciones. El ejercicio de sus funciones de párroco coincide con la gestión de los trámites para la compra del Coto Redondo impulsada por el también cura Juan José de Pablo, nacido en El Burgo pero hijo de la santervasina Lorenza Romero, la declaración de la segunda república, la guerra civil, y todas las penurias y los condicionantes políticos, religiosos y sociales sufridos en la décadas de los amargos años cuarenta y cincuenta.

Por los datos de que disponemos, debió nacer alrededor de 1895, y empezaría a ejercer su Orden Sacerdotal teniendo sobre treinta años de edad, integrándose por completo en la forma de vida de nuestros pueblos. Cultivaba una huerta y una viña que eran propiedad de la Iglesia, criaba una cochina que engordaba para hacer matanza, salía de caza igual que otros vecinos, y pasaba el tiempo jugando a las cartas en la cantina como uno más de los de la cuadrilla de juego.

Para muchos hijos de nuestros pueblos, como es el caso de Mariano Carro, fue el primer sacerdote que conocieron.

– Los primeros que me inculcaron la fe católica fueron mis padres, seguidos del maestro de la escuela, pero a partir de los seis años fue don Boni el que me enseñó la doctrina, y más tarde me eligió de monaguillo. Después de la Cuaresma, durante ocho o diez dias, nos daba Doctrina en la sacristía. Recuerdo que hacía especial hincapié en Los Pecados Bienal y Mortal: «Pecado benial es decir hacer o desear algo contra la ley de Dios en materia leve. Pecado mortal es decir hacer o desear algo, contra la ley de Dios en materia grave.» Los domingos celebraba la misa en Santervás y Zayuelas, alternando un domingo en cada pueblo, y todos en Fuentearmegil.

Vivía en una casa a doscientos metros de la iglesia, y los que eran niños por entonces, como Julia, todavía se acuerdan de la obligación de besarle la mano en señal de respeto cuando se le cruzaban por la calle, y la costumbre de los domingos, de ir a buscarle a la puerta de su casa para acompañarle en séquito ceremoniosamente para ir a decir misa.

Pasados sesenta años desde su fallecimiento y prácticamente un siglo desde que se inició en el ejercicio del sacerdocio en nuestros pueblos, una de las conclusiones que podemos alcanzar es que desempeñó conscientemente la función que convenía a su representación institucional, sin que hayan llegado hasta nosotros episodios de altruismo realizando obras de asistencia social o solidaridad, ni tampoco la consolidación de lazos de amistad desinteresada con vecinos de los pueblos.

El paso del tiempo sí ha mantenido un volumen significativo de situaciones controvertidas o de sojuzgamiento moral, que reinterpretadas en el terreno de los usos y costumbres locales, fueron tratadas con autoritarismo y sim suficiente empatía. No le tocó vivir buenos tiempos, y no podemos caer en el riesgo de calificar su conducta moral, porque cabe la posibilidad objetiva de que también él fuera víctima del momento histórico y no sólo instrumento para hacerlo posible.

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