Dos poemas al recuerdo de infancia

DEJADME VUESTRO PAÑUELO

Dejadme vuestro pañuelo
para enjugar mis lágrimas
que voy a emprender el vuelo
hacia una tierra muy lejana.

Dejadme vuestro pañuelo
que todos sois mis hermanos
y pisamos el mismo suelo
como nuestros antepasados.

Yo llevaré este pañuelo
que lo ondeará el viento,
lo tendré como recuerdo
el que no borrará el tiempo.

Este pañuelo guarda
lágrimas de un adiós
cuando despuntaba el alba
con los primeros rayos de sol.

Significativo pañuelo
que para mí es un altar
y en él está todo un pueblo,
ese remanso de paz.

Pañuelo que me acompaña
en horas de soledad
que mirando por la ventana
no contemplo el estepar.

No veo esas casas centenarias
hechas de adobes de barro,
ni escucho las fervorosas plegarias
dirigidas a la Virgen del Rosario.

Me refugio en el pañuelo
y me acerca en la distancia,
a ese mi querido pueblo
donde yo viví mi in fancia.

Emigré buscando el pan
y una tierra me ha acogido,
a la que yo debo amar
y le estoy muy agradecido.

Pero las raíces brotan,
floreciendo en primavera
y se alzan como gaviotas
para que Fuentearmegil las vea.

Y hacen que las campanas
repiquen con gran fuerza,
que hasta las tierras lejanas
su dulce tañido llega.

Vuestro pañuelo he guardado
como un valioso tesoro,
y mis lágrimas he enjugado
cuando me he sentido solo.

Hoy vuelvo para abrazaros
en este bendito suelo,
si puedo pediros algo…
dejadme vuestro pañuelo.

MUSAS PARA MIS VERSOS

Dedicado a mi prima Lucía ( Pastorcilla de doce a catorce años)

Alegres musas me han enviado
para mis versos, sencilla inspiración,
transportándome al ayer, por mi recordado
el que guardo, muy dentro del corazón.

Aquel ayer, de infancia lejana…
prado verde, áridos campos de estepa,
rio claro y el dulce tañido de campana,
que hoy, despierta, mi alma de poeta.

Y alegres musas susurran al oído
para mis versos, sencilla inspiración,
al mismo tiempo lloro y río
embriagado, de una gran emoción.

Pacen las ovejas en llanas praderas
donde encuentran el diario sustento,
pasando por empinadas laderas,
los cencerros suenan con su movimiento.

Una pastorcilla de corta edad
de ojos azules, límpido color de cielo…
guarda su rebaño en la soledad
y cubre su cabeza con blanco pañuelo.

Canta para ahuyentar el miedo
de negras sombras al anochecer,
a lo lejos, se escucha la voz del mochuelo,
que la joven Lucía… desearía ver.

Cuando la luna en el cielo brilla
el rebaño poco a poco dejará de pacer
y a la voz del silbido de la pastorcilla,
comenzarán el camino que han de recorrer.

Se divisan humeantes chimeneas
y luces, de un tenue resplandor,
cuando a las cercanías del pueblo llegan
de las cocinas sale un exquisito olor.

Es el aroma de la humilde cena,
merecido bocado, que no se hace esperar
en la juventud con apetito, no hay problema
para apreciar cualquier manjar.

Las alegres musas… me abandonan
y de Lucía… el sueño se apodera.
Mientras duerme, un cántico entonan
los ruidosos grillos, de la pradera.

Lo prometido es deuda… querida primay la musa alegre… para ti rima.

Tomás Berzosa

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