Comidas cernidas en cocina con golondrinas

El portal era una de las partes más habitadas de toda la casa. Algunos aperos, la cantarera con los cántaros, un par de calderos, el botijo…

Del portal salían, además de la puerta calle, la que daba al cuarto, la de la cocina y la de la cuadra. El cuarto era una sala un poco grande, con su mesa para comer los días de fiesta y dos alcobas, una para dormir la abuela con el abuelo cuando vivía, y la otra supongo que de los dos hijos que tuvieron. La puerta de la cuadra daba paso también a una pequeña despensa y a la escalera de la cámbara, pero de todo eso hablaremos otro día porque ahora vamos a irnos derechos a la cocina.

El corazón de todas las casas estaba allí, en la cocina, porque era el sitio más caliente por el invierno y donde se pasaban más horas en todo el año. Era grandota comparada con las modernas de las capitales, y lo que más destacaba era la lumbre, hecha en el suelo, sobre un pequeño recuadro de ladrillos más altos. A su alrededor, rodeando la lumbre, se colocaban las mesas para sentarse, como pequeños banquitos de madera sin respaldo, y cada uno teníamos la nuestra: la grande la de la abuela, dos o tres medianas para los hermanos mayores y una más chiquita para mi hermano pequeño, que tenía dos años menos que yo, o sea, cuatro. Pegado a la pared del fondo estaba el banco grande de madera de roble donde sólo se sentaban las personas mayores.

A mi abuela le gustaba que fuéramos a verla, y muchas veces creo que intentaba retenernos con las historias que nos contaba o procuraba engatusarnos con las meriendas que nos hacía para que nos quedásemos más rato.

Nosotros nos sentábamos alrededor de la lumbre y la veíamos revolver de un lado a otro: bajaba las trébedes que tenía colgadas en un clavo de la pared renegrida, sacaba aquella sartén tiznada de hollín que guardaba en una alacena, la aceitera, la cucharrena… Nos quedábamos callados mirando el jaleo que armaba con las cosas. De vez en cuando se escuchaba el alboroto de las golondrinas que habían hecho nido en la misma chimenea.

-Hoy voy a ver si me acuerdo cómo se hacían…

Las tortiviesas.

¿Qué son las tortiviesas, abuela?

Son unas cosas muy ricas de comer. Vais a ver. Primero cojo un lebrillo pequeño. El más pequeño que tengo. y vuego voy echando en él leche, harina… ¿Habéis visto la loba que cazaron los pastores en el monte?

-¿Qué?

El lebrillo era un barreño que no cabría más de dos litros, o así. Ella decía que un azumbre, y allí iba echando, primero un par de cacitos de harina, y luego, poco a poco, leche de una zapita de lata más que vieja, mientras le daba vueltas con una cuchara de madera para que se revolviera todo.

Pensando en lo que estaba haciendo, se le olvidaba el cuento que iba a empezar y se le olvidaba explicarnos cómo se hacían las tortiviesas dichosas.

-¿Quién pilló a la loba?

-La levantaron los perros de medio del corro de enebros. Dicen que la otra noche pegó en el corral de la mojonera y que sacó quién sabe las ovejas.

-¿Cuántas mató?

-Lo menos una ventena. También hace falta azúcar…

El azucarero de la abuela era de un cristal muy fino y tenía los agarraderos de plata. Decía que se lo habían regalado unos de Madrid que vinieron una vez de caza. El azúcar lo iba echando poco a poco con una cucharita muy reluciente que casi no cabía nada.

-La cosa es que os tenéis que estar callados mientras cuento la conseja, y si uno habla se acaba el cuento. Cuando ya lo tengo todo bien revuelto en el lebrillo, pongo la sartén con bien de aceite y espero a que se caliente mientras que se aquieta ésto.

Nos quedábamos callados como postes porque sabíamos que si hablábamos nos quedaríamos con las ganas de saber quién mataba a la loba.

La abuela tenía la costumbre de echar un cacho de pan a la sartén y cuando estaba corroncho se ponía a freír lo que fuera.

-Fueron los perros del Mateo los primeros que la olieron, y luego se juntaron todos los pastores de esa parte y la corrieron los arroyos adelante hasta llegar a la cantera vieja.

Con una cuchara iba echando cucharadas de la masa en el aceite hirviendo y en nada de rato las tortiviesas estaban fritas y las iba echando en una bandeja de barro.

-Pero cuando iba a esconderse en una cueva que tenía entre las piedras se le echaron encima los perros….

-¡Cómo queman!

El pequeñajo siempre era el primero en meter la mano en el plato.

-Antes de que se enfríen tenemos que echarlas bien de azúcar por encima… Y ya está lista la merienda….

-¿Y qué pasó con la loba?

-No puedo seguir porque el pequeñarrias ha hablado. Ya os dije que si hablábais no seguiría con la conseja. Otro día lo acabo.

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