Albarcas para el camino

(Novela)

Leopoldo torre

Capítulo 1

Cuando yo nací mi madre no estaba en casa, cosas del trabajo del campo, ya se sabe. Por aquellos tiempos nunca se sabía si uno iba o venía de él. Así no era de extrañar que te hicieran en umbría y te parieran en solana, o para mejor decir donde a la madre le viniera la gana. A mí, por lo que más tarde pude saber, no me esperaban pero como tampoco lo hicieron con mala intención no pusieron reparo alguno en que pasara a formar parte de la lista de sufridores. No hay quin¬to que por mal venga.

Un día de aquellos en que el sol achicharra los campos por los cuatro costados mi madre dejó de segar de repente porque acababa de romper aguas en mitad del surco. Se tumbó a la som¬bra de un chaparro y asistida por la comadrona que le había hecho el marro y acompañada de una gran cantidad de moscas que enseguida acudieron por si había algo que chupar, me parió como mejor supo y pudo, experiencia desde luego no la faltaba ni le iba a faltar. Mi padre sacó la navaja y sin ningún miramiento a hacerme bien el ombligo le pegó un tajo al cordón que me unía a las entrañas de mi madre, luego se quitó la camisa y me envolvió en ella a falta de otra cosa mejor para pañales. Al lado, la Canela, la perra, daba buena cuenta de lo que me había sobrado de los nueve meses de viaje en la ba¬rriga de mi ma¬dre.

Nací así de estrellado, qué le vamos a hacer. Tan pobres éramos que mi madre ni siquiera pudo tomarse un triste caldo de galli¬na para reponer¬se de las fuerzas perdi¬das. Antiguamente a las mujeres cuando parían se les daba caldo de gallina porque es de mucho ali¬mento. Buena falta le hacía a mi madre, a los cuatro días de haberme parido se le retiró la leche y como entonces no había biberones, ni poti¬tos, ni maice¬nas, y ni siquiera teníamos una cabra para ordeñar, fui ama¬mantado por los sober¬bios pechos de la que después sería mi sue-gra. ¡Quién me lo iba a decir! Por aquellos tiempos muchos de nosotros solíamos tener dos madres, una la que nos paría y otra la que nos daba de mamar. A mi suegro nunca le importó el que yo le hubiera chupado los pechos a su mujer con tanto deseo. Al contra¬rio, decía que mejor así porque toda la familia teníamos la misma leche. Así que la Engracia, mi mujer, y yo somos herma¬nos de leche. Ella más que yo, claro está, porque la abuela Cele¬donia me solía llevar dos veces al día a la casa de mi gentil do¬nan¬te a tomar mi ansiada y esperada ración.

Como al parecer mamaba más de la cuenta no tar¬daron en poner una piel de liebre alrededor de los pechos para asustar¬me. Apenas ponía los labios en el pezón dejaban resbalar la piel por la teta hasta que me hacía cosquillas en el morri¬llo. Retiraba la boca, empezaba a llorar y a la abuela Celedonia le falta¬ba tiempo para meterme el miedo en el cuer-po. Me decía, «¿lo ves?, este bicho te va a comer la lengua como sigas maman¬do tanto. Mamón, que eres un mamón». Y tam¬bién que si a los niños que mamaban mucho les salían unas orejas muy gran-des. O que si no dejaba de mamar iba a tener unos cacho dientes como los de los bo¬rricos. Tanto insistió que no tuve más remedio que renunciar a la teta. Para suplirla me hicieron un chupete de azúcar envuelto en un trapo del que mi pala¬dar aún conser¬va el sabor a hebras de tela.

Se les ocurrió ponerme Nazario, Nazario Gañán Carrete¬ro, porque ese santo era el que venía en el almanaque el día que me alumbró mi madre debajo del chaparro allá en lo alto del Cente¬nal Grande. Pero sólo en la pila bautis¬mal porque Gullu¬río nací y Gullurío mori¬ré siendo, cosas de los apo¬dos. En los pueblos casi nadie nos libramos del mote; aquí que si el Caganidales, que si el Clave¬litos, que si el Sapillo, que si el Cenizo, que si la Tetas¬du¬ras, o la Cortapi¬chas. Ni siquie¬ra los curas se salvan de la quema. Anduvo uno por aquí que predica¬ba tanto o más con la brague¬ta que con la palabra y se quedó con el compro¬miso del mote, por más señas el de Corre¬mujeres. Era tanta la devo¬ción que sentía por sus almas que a las pasto-ras las confesaba por los caminos cuando iba o venía de los pueblos montado en la yegua y las manda¬ba arrodillar¬se ante él y tocarle la sotana.

Lo malo de los motes es que los lle¬vas en la sangre y ya no te los quita ni la madre que te parió. Tengo seis gullu¬ríos desperdi¬gados por Ma¬drid y Zaragoza y uno aquí en el pueblo para que no se pierda la semilla. La familia numerosa hubiera sido aún mayor de no habérsenos muer¬to otros tres más. La Engracia nunca se opuso a que nos vinieran cuantos Dios quisiera, ¡qué otra cosa podía¬mos hacer! Parece que le cogió regusto al parto y como decía ella, si el dolor lo resisto bien, porqué le voy a hacer asco al deseo.

Mamar, lo que se dice mamar, nunca llegué a hacerlo lo suficiente, como queda dicho, mas el caso es que apenas había cumplido un año cuando ya me lle¬varon al campo dentro de una alforja que para contrapeso mi padre metía una pie¬dra. Un día se venció la alforja y fui a parar al suelo rozándome la piedra la cabeza. Fue el primer aviso que me dio la vida de los mu¬chos que iría recibiendo con el paso de los años. Al llegar al tajo me ataban del pie al primer tronco que encontraban y allí me pasaba las horas entretenido en mordis¬quear todo lo que encon¬traba a mano. Tuve el estómago a prueba de resistencia durante una larga temporada. No sé porqué se extrañaba tanto mi madre cuando veía que era puro verdín lo que cagaba, igualito que cuando se purgan los perros, si no dejaba yerba con hojas a mi alrededor. Más que el mal amarillo vamos a decir que yo tuve el mal verde, yo creo que por eso nunca me ha gustado la ensalada.

Dice el refrán que quien bien te quiere te hará llorar; a falta de otro entretenimiento mejor que hacer, en una ocasión se me ocurrió ponerme a jugar con una hilera de hormigas que casualmente pasa¬ban por allí, aquel día la Canela no tenía ni ganas de hacerme el menor caso. Puse la mano en su camino para que vieran que quería algo de ellas y me extrañó que vinieran enseguida a saludar¬me y a jugar conmigo como si nos hubiéramos conocido de toda la vida. Con las moscas sí que tenía más trato, me querían tanto que se me pegaban a los mocos de la nariz y no había dios que se las quitara de encima por más que las espantara. A las hormigas les faltó tiempo para agrade¬cérmelo porque al momento ya se me habían subido a la cara y me hacían cosquillas por todo el cuer¬po. Ponían tanto empeño que no tardé en darme cuenta que les encanta¬ba mi cuer¬peci¬to, los mordiscos los iba notando cada vez más y sin poder contenerme empecé a llorar a más no poder. La perra se levantó asustada pero nada pudo hacer, mis pa¬dres esta¬ban dema¬siado lejos para poder¬me oír, me habían atado tan corto que me resultó imposi¬ble librarme de aquel infierno.

Me encontraron lleno de moscas en el charco de mocos y lágrimas que había dejado sobre la chaqueta de mi padre sin saber el motivo de mi desa¬zón, sólo balbuceaba palabras que no enten-dían y no lo dieron mayor impor¬tancia, tantas lágrimas derramaba al cabo del día, así que se acabó la jornada y mi dolor sin descubrir. Sería al desnudarme para meterme en la cama cuando mi madre se asustó al ver que tenía todo el cuerpo lleno de puntitos rojos. Medio lloran¬do la oí llamar a mi padre, «¡corre, sube depri¬sa, corre, que este hijo se nos muere!, está cogiendo el saram¬pión». Se quedaron tristes y algo pensati¬vos, por sus mentes debió pasar la muerte al galope, sintieron ganas de deshacerse de mí por temor a que pudiera pegárselo a mis hermanos o incluso a todo el pue-blo. Por fin, tras pensár¬selo unos instantes, llamaron a la curan¬dera para ver si me podía dar alguna de sus pócimas o ungüentos para reme¬diar tan terrible enfermedad.

La pócima que me hicieron tomar fue el primer castigo que le di al estómago. Pero para la ignorancia supuso una cura milagrosa porque a los dos días ya había desaparecido la enfermedad y en su lugar me quedó una cagalera de padre y muy señor mío. Con tanta espurriadera como me corría por las pantorrillas tenía yo mis pantaloncillos hechos una sopa y el culo más escocido que los sobacos en tiempo verano. Claro que para ello había remedio, poníamos un cardo debajo del sobaco y lo teníamos apretado durante un buen rato, con lo cual se quitaba el sudor y desaparecía el escozor, pero decía mi madre que no era cuestión de ponérmelo en el ojete porque no sabía si iba a ser peor el remedio que la enfermedad.

No todas las pócimas resultaban tan amargas, las había también picantes. Con una enfermedad que no fue gran cosa no me iba a conformar, así que cogí una que nadie sabía cómo curármela, y como los médicos todavía no entraban por el seguro y no teníamos con qué pagar, mi madre me sacaba a la puerta de casa para que me vieran todos la cara de paliducho que me iba quedando y la poca guerra que pronto dejaría de dar sin ganas de comer, ni de jugar, ni de moverme del sitio. Hasta que un buen día acertó a pasar por allí una gitana que iba pidiendo limosna y al ver el estado en que me encontra¬ba le dijo a mi madre que lo que yo tenía era un cubijo, que nunca supieron ni lo que era ni de donde venía, y que ella sabía cómo curarlo. Le dijo a mi madre que me diera cuanta más cebolla mejor, hasta que reventara. Y acertó. Por segunda vez volví a poner a prueba el estómago, pero sané. Así que toda mi vida se la debo a los gitanos.

No hay bien que por mal no venga, dice otro refrán, gracias a mis males pude librarme de ir al campo duran¬te una larga temporada. En todo aquel tiempo fui cuidado por la abuela Celedonia que se esmeró en enseñarme a andar en el carretón, el primer y único juguete que tuve de chiquillo. Los carretones de antaño no eran como los andadores de ahora, que va, aquellos eran alarga¬dos y estos redondos. A veces iba demasiado lanzado y acababa debajo de él. Chi¬chones a tutiplén tuve que sanaron porque la sarna con gusto no pica, no porque se me aplicara remedio alguno.

Casi a diario mencionamos en la tarde el recuer¬do de los años vividos, servi¬dor ochen¬ta y siete para San Nazario, al tiempo que tomamos el sol en la solana que más calienta. Los que nos reunimos anda¬mos ya casi todos jodidos y amola-dos, con achaques, humores y reumas, caducos para el trabajo, mujeres aparte que suelen traerse algo de labor para pasar el rato entre nosotros. A este cotilleo nuestro le suele salir algún que otro respingón de tozu¬dez por aquello de quítame de ahí esas pajas que no comulgo yo con semejan¬tes ideales.

-A ver, ¿y a usted qué más le daba unos Ideales que unos Celtas? Al fin y al cabo lo mismo le daría fumar una clase de tabaco que otra. ¡Vamos, digo yo!

Quien así se explica no es otra que la Braulia, mi sobrina.

-¿Pero qué estás diciendo, pedazo de inteligencia retorcida? ¿No ves que estás confun-diendo la política con el tabaco? Que una cosa es que salga humo y otra muy distinta es que salten chis¬pas. Que no has nacido más espabi¬lada porque tu padre se aceleró el día que te hizo. ¡Qué jodida mujer!

Algo ligera de cascos siempre ha sido esta sobrina mía, por más señas hija de mi herma¬no Juan, el sexto de la familia, primera del segundo matri¬monio y soltera para vestir santos si el Gaudiano no lo remedia. Mi hermano enviudó a los cuatro años de casado, se volvió a casar de segundas y tuvo tres hijas más, que sumadas a las dos que ya tenía y añadidas a su mujer hacían una casa de lo más perdidita, perdidita, según solía decir él. En eso de los hijos tuve yo más acierto que mi hermano, cuatro varones y dos hem¬bras reparti-dos, como queda dicho, por Madrid y Zaragoza y uno aquí en el pueblo.

Ahora resulta que la culpa de que a uno le salgan todas hembras la tiene la mujer, si se llega a enterar mi herma¬no. Tanto empeño como puso por ver si le nacía un varón y para uno que le vino se lo llevó una des¬com¬posición cuando apenas contaba seis meses.

-Pues ahora dicen que han inventado un sistema para que los niños nazcan dentro de un aparato.

-¡¡Coño!! ¿Y de qué los siembran?

-Pues de la misma simiente que nacimos los demás, no los van a hacer de polvos de talco, vamos digo yo.

-¿Y ya salen con tan mala leche?

-Eso dicen. Y más desarrollados.

En mis tiempos de chicato desarrollábamos poco porque apenas nos alimentábamos. Y de la otra clase de desarrollo tampoco teníamos nada que rascar porque no había ni medios ni posibilidades para demostrar que no éramos tan tontos como algunos se piensan. De letra no sabíamos ni la cu y de números tanto o igual pero éramos más listos que los ratones colorados. No es que me alabe, no está bien el decirlo, pero para no haber pisado apenas la escuela mis conoci¬mientos no tienen nada que envidiar a los de estos espabilados de ahora. Dichosa escuela, cuántas ocurrencias no tengo pasa¬das durante los pocos años que asistí a ella. Nunca fui de buena gana y la poca que tenía se me quitó el primer día viendo al maes¬tro repartir estopa con la vara. Don Cosme más parecía un domador de leones que un maestro escuela. Tenía una manera muy suya de recibir a sus discípulos si se terciaba que llegába¬mos tarde a la escuela. Cuan¬do llamábamos a la puerta se colocaba rápidamente detrás de ella y al abrirla y oír el ¿da usted su permi¬so?, soltaba la vara y descargaba una tormenta de golpes sobre el infortuna¬do. «La letra con sangre entra», repetía una y otra vez. Mas lo cierto era que ni dormido, que raro era la tarde que no lo hacía, ni despierto parecía tener conocimiento de lo que decía. Un caso perdido el de aquel hombre.

Así cuando preguntaba cuántas eran cuatro por tres, el alumno contestaba enseguida que doce. Como estaba en desacuerdo con lo que le había respondido volvía a repetir la misma pregunta al tiempo que se colocaba delante de él chas¬queando la vara en la palma de la mano. Seguro de lo que decía, el alumno respondía otra vez, no sin temor, que eran doce, que cuatro por tres eran doce. A don Cosme le faltaba tiempo para enfurecer¬se, yo creo que no se paraba ni a pensar lo que decía sin soltar primero la vara. Porque se empeñaba en hacerle creer a su pupilo que cuatro por tres eran justamente quince y no doce como estaba diciendo él.

Tampoco yo me libraría de las caricias de aquel ilustre personaje. En una ocasión me mandó salir al encerado a resolver una suma y como quiera que debí equivocarme en algún número sólo tuvo que darme un cogotazo y restregarme la cara en la mismísima suma. No tardó en salirme la sangre de la nariz y las lágrimas de los ojos que derramé con amargura y dolor y odié con todas mis fuerzas no sé si más a don Cosme o a la escuela.

Cada cual a su manera intentó asistir lo menos que pudo a ella. Yo le tenía tomado el truco a la tardanza con la excusa de llevarle la comida a mi padre que estaba labrando en el campo. Pero don Cosme, que de maestro tenía muy poco pero de zorro mu¬cho, no tardó en caer en la cuenta de que le estaba tomando el pelo. La venganza no se hizo esperar, hasta entonces no se le había ido la vara por seme¬jante motivo. Cierto día, el Jesús y yo llegamos tarde a la escuela, escamados como estábamos llamamos a la puerta y abrimos, pero para nada se nos ocurrió asomar el morro, bien sabíamos lo que nos íbamos a encontrar si lo hacíamos. Y así pasó, don Cosme soltó un vardascazo al aire y se enfureció como un toro bravo al ver que no dio en el blanco. Le faltó tiempo para salir corriendo detrás de nosotros, el campo fue testigo de los jadeos después de una larga caminata sin conseguir darnos alcance. «Ya os agarraré, pajari¬tos, ya os agarraré», decía mientras movía la vara en el aire. Al siguiente día pagamos caro nuestro atrevimiento. Aún me parece estar viendo aquellos ojos llenos de rabia y de venganza cuando nos tenía a su disposición arrodi¬llados con las manos en la espalda y la puerta trancada.

Ni a los esclavos esos de las películas que dan ahora por la televisión les dan tantos latigazos como cintazos nos dio a nosotros, nos libramos de que no se le ocurriera coger la vara, quizá por temor a rompernos la cabeza o las costillas si hacía uso de ella. Los gritos y los lloros se oyeron desde el otro extremo del pueblo pero nadie hizo nada por sacarnos de aquel infierno. Ni siquiera las lágrimas de algunos compañeros que presenciaron asustadizos aquella especie de ejecución le conmovieron.

No acabó aquí la cosa, ayudados por los mayores decidimos tomarnos la justicia por nuestra mano. Tenía don Cosme la costumbre, a una determi¬nada hora de la tarde después de echarse la siesta sobre la mesa, que no se la quitaba ni el Papa, de salir a mear. Lo hacía al des¬campado de un edificio medio hundido que había cerca de allí. Buscamos una lata, echamos unos cuantos puñados de tierra y de ceniza dentro, metimos también algunos cantos, el Julián se cagó en ella y luego todos los demás nos meamos. Lo removimos todo bien, la colocamos sobre la puerta entreabier-ta y espera¬mos a ver lo que pasaba cuando volviera.

Asomó con el pelo totalmente encenagado de mierda, le caían aún los chorretes de las orinas por la cara y por los hombros; nadie movió ni un solo músculo de la cara para sonreír, con la vista puesta en la mesa mirábamos de reojo, más que nada por ver las intenciones que tenía. «Voy a cambiarme de ropa a casa, pero os aseguro que cuando vuelva a alguno de vosotros os cuelgo vivo en esos clavos, no os salva ni la madre que os parió», sentenció.

Tan nervioso estaba que esta vez se le olvidó trancar la puerta y cuando regresó se encontró con el nido vacío. Si la letra con sangre entra, como repetía una y otra vez, quién ponía en duda que no lo cumplie¬ra a rajatabla. De no haberle parado los pies nuestros padres aquel asunto podría haber tenido graves consecuen¬cias.

Uno de los días más felices de mi vida fue el que salí de la escuela. Nunca fue de la devoción de mi padre el que yo estuviera perdiendo el tiempo en conocer misterios y letanías que jamás me servirían para nada, ni tan siquiera los números, como decía él. Los pobres nos bastamos y nos sobramos con los dedos de la mano para contar cuanto tenemos. Un día se presen¬tó en la escuela para encomen¬darme un oficio mucho más práctico que hiciera de mí un hombre de provecho. Con la ironía que solía darle a sus comenta¬rios cuando la ocasión lo requería, tan respingón como era mi padre, ni corto ni perezoso le dijo a don Cosme que yo no estaba hecho para la letra y que todo en mí era madera de campesino. Y que si alguien tenía que zurrirme la badana ése no era otro nadie más que él.

Apenas puso reparos, se limitó a decirle que suyo era el engendro y que cada cual ordena, dispone y manda sobre lo creado. Mi padre se tomó a risa la sorna con que le dirigió el comen-tario. Al salir oí cómo repetía socarrona¬mente que no estaba hecho yo para la letra al tiempo que cortaba en seco el murmu¬llo que se levantó entre los compañeros que allí quedaban. ¡De la que llegué a librar¬me!

No tuve oficio fijo hasta pasados un par de años, contaba yo por entonces diez y decía mi padre que aún no estaba curtido para depende qué cosas, por lo tanto fui arrimando el hombro en lo que buena¬mente podía, que se sepa nunca debí hacer¬lo mal del todo porque jamás me dejaron en casa cuando había que trabajar.

Por entonces solía pasar mucho tiempo con el abuelo Clemente. Si algo tenía el abuelo que sobre-saliese más que su barriga era su picaresca. Aunque nunca le gustó doblar el lomo, de oficios sabía más que nadie. Además de barbero, alguacil y sacristán, entendía de estañador, hacía las veces de veterinario, y no se le daba nada mal arreglar las albarcas ni los apare¬jos de los bueyes y de los machos.

Yo era un poco su guía, además de su ayudan-te. Guía de oído que no de visión, pues ésta la tenía de lince. Y aunque de oído no andaba muy fino que digamos me tenía a mí para suplirle el defec¬to.

Si salíamos al campo íbamos los dos montados en la borriquilla, María la tenía puesta, a cavuchar un poco la hierba, por lo que le oía decir. Saludaba a todos los que se encontraba por el camino, el abuelo era una persona que hablaba consigo mismo así que por qué no iba a hacerlo con sus semejantes y con otros bichos vivientes. Lo primero que hacía nada más llegar al huerto era saludar a la cosecha. A su manera iba y la decía: «Buenos días, verdes judías»; a lo cual se suponía que ellas le debían contestar «con sus verdes hojas y sus verdes vainas»; y seguía diciéndolas, «aquí llega el tío Clemente con las alforjas, cogerá y dejará, pues cuando Dios quiere para todos da». Yo me daba cuenta que esto lo repetía aquí y allá y que él iba cogiendo donde le parecía bien. Entonces yo le preguntaba si toda aquella hortaliza tam¬bién era nuestra, y me respondía «tú calla, cuida de la borrica y mira bien que no se nos acerque nadie por sorpre¬sa, no sea que nos las vayan a quitar».

A mí me llevaba como de ojeador, o mejor dicho de oidor, según se mire, porque a veces si estaba distraído se le zampaba uno encima y no había manera de que se enterase que le estaban hablando. «¿Qué hacemos, Clemen¬te?», pongamos que le decían. Y él, tanteando lo que pensaba que podían haberle pregunta¬do respondía: «Sí, parece que hoy tampoco vamos a pasar frío». Y le volvía a pregun¬tar: «Que digo que parece que van buenas las pata¬tas». Entonces acababa resbalándo¬se del todo en la conver¬sación: «¡Aaaaah!, ¿ésta del pini-llo, dices?, sí hombre, sí, de mi tío Bernar¬do». Harto de no dar una a derechas le dejaba por imposi¬ble. «Bueno, para los sordos pedos», se despachaba. Y entonces el abuelo, como aguijo¬nea-do, respon¬día, «y para los que oyen, mier¬da». Yo no podía aguantarme la risa y él se enfu¬rruñaba sin que para nada se enfadara y me decía, «y tú no te rías, tunante, que te doy un mo¬que¬te».

Se tratara o no de intuición por los gestos, los modales o la manera de diri¬girse la otra persona, lo cierto era que el abuelo parecía que oía lo que quería. La abuela Celedo¬nia se lo tenía bien calado. «Tú oyes lo que quieres o lo que te interesa, menudo zorro estás hecho». Le faltaba tiempo para contestar¬la algo así como «por eso me casé con una gallina como tú». Y seguían de retrueque. «Anda, pellejo, que si no es por mí te habías quedado para vestir santos», le soltaba la abuela. A lo cual él iba y le colocaba una de sus tantas salidas, «por eso me metí sacris¬tán, para tocarlos el culo, que igual de frío que tú lo tienen». A la abuela se la llevaban los demo¬nios oyéndole hablar con semejante respingo. «Puedes dar gracias a que está el chico delante que si no ya te iba a decir yo adónde tienes tú el frío». De ahí no pasaba la cosa. El abuelo iba y la hacía una caranto¬ña de las suyas y la abuela le res¬pondía con un rechazo como el que no quiere la cosa.

El abuelo y yo hacíamos buena pareja, me lo pasaba muy bien con él, yo sé que me quería mu-cho, al nieto que más que¬ría era a mí. Lo cierto era que el abuelo Clemente apenas se esmeraba en el traba¬jo. Íbamos al campo a ver como estaba lo sembra¬do y para nada se bajaba de la borrica aunque viera que la tierra estaba llena de hierba. Soltaba uno de sus muchos chascarri¬llos, leta¬nías les llamaba mi padre, que decía tal que así, «al ababol le seca el sol, a la lapa el sol la empapa, y el cardo buen rabo cría, ¡vámonos María!». Y vuelta para casa.

De barbero y de peluquero no aprendí nada, no así de otros asuntos que tenían mucho que ver con los amoríos y la jodienda. No llegué a poner inte¬rés porque mi pensa¬miento lo tenía puesto por entonces más en el juego que en saber si fulano se iba con mengana. De haber puesto un poco el oído en las conversaciones que tenían, y que había veces que bajaban la voz para que yo no me enterara, habría salido mujeriego mucho antes que monagui-llo.

Por aquel cuar¬tucho trasero de la casa del abuelo pasaron confesores de toda clase y pelaje, ya lo creo que sí. Por pasar, pasaba hasta don Salustiano, el cura, para hacerse arreglar la barba, no tanto el pelo porque no andaba demasiado so-brado que digamos y la calva se le clareaba en lo alto de la coronilla. Enseguida que llegaba iba yo corriendo a besarle la mano y a darle el saludo de bienvenida. Me llamaba lazarillo del barbero, que decía que venía a ser como lo que hacía un niño que ayudaba y guiaba a un ciego en un libro que él había leído y que algún día me lo iba a dejar para que lo leyera y así no se me olvidara la letra, porque seguro que desde que salí de la escuela no había vuelto a leer nada. Que mi padre era un mal padre por haberme sacado tan pronto de ella para gandulear por ahí con el abuelo perdiendo el tiempo, que seguro que no me enseñaría nada de provecho que no fuera otra cosa que coger ratas. Que ése no era el camino a seguir y que algún día me llevaría con él para reconducirme, sí así creo que decía, reconducirme, porque yo era un chico muy espabilado que me estaba descarriando.

El abuelo terciaba en la conversación y acababa rompiendo todas las promesas que don Salustiano me hacía. Le decía que el hábito no hacía al monje y que allí donde me veía pronto empezaría a dar mis frutos, que mi padre me tenía designado un trabajo muy importante que hacer. Y que él, en la medida de lo posible, ya me estaba enseñando a coger las riendas del destino. Don Salustiano movía la cabeza como dando a entender la clase de enseñanza que recibiría de él y que si seguía mucho tiempo en aquella barbería iba a aprender oficios de mucha satisfacción y de poco provecho. Que menudo confesonario no era aquel lugar, porque estaba por asegurar que allí oiría yo más pecados juntos en una semana que él en todo un año en la iglesia. ¡Vaya que si estaba seguro!

Para que no perdiera el tiempo, don Salustiano, que debía rondar los setenta años, se sentaba en la silla, se recogía la sotana, abría las piernas y por allí entraba yo para enjabonarle la cara. Era el único cliente que me dejaba que se lo hiciera. Y siempre me tenía preparada alguna sorpresa, por eso me mandaba meter la mano en el bolsillo del pantalón a ver si encontraba algo. A veces el deseo me hacía precipitar¬me por ver lo que era y tocaba lo que no tenía que tocar. Por si acaso, don Salustiano ya me lo advertía antes de que ocurriera, «cuidado con lo que coges, que eso es mío».

Recuerdo que cierto día estando afeitándose, el abuelo le cortó un poco junto al gargamero, cosa de nada, pero por el daño que al parecer le hizo no pudo contener siquiera el repentino dolor. «¡Joder, Clemen¬te!, que no estás esquilando al burro». El abuelo, aparte de no poder contener la risa que le produjo el comentario, se disculpó como buenamente pudo. «¡Vaya hombre! Mire por donde los demonios pensaba yo que igual la tendría más tiesa y no tan arrugada, don Salustia¬no». Se juntaron el hambre con las ganas de comer. Don Salustiano, que le iba a la zaga, tampo¬co se anduvo por las ramas. «Qué cosas tienes, Clemente, eso sería cuando era joven que no ahora, los años ni pasan en balde ni perdonan siquiera a los curas por mucho que recemos». El abuelo quiso dejar las cosas claras por lo que él creyó que se trataba de un malentendido y las enturbió más. «No crea usted que lo decía por lo otro, don Salustiano, que ya sé yo que los curas no piensan en esas cosas». Tal y como tenía la cabeza echada para atrás volvió los ojos y los fijó en los del abuelo. «¡Vaya! ¿Y quién te ha dicho a ti que los curas no podamos pensar en lo que nos venga la gana?». La sordera del abuelo le volvió a jugar otra mala pasada. «No si ya me imagino que las ganas las tendrán igual que los demás, lo que pasa es que de qué sirve que…, bueno usted ya me entiende», quiso arreglar el desaguisado. «Pues la verdad es que cada vez menos, Clemente. Primero me dices que pensabas que la tendría más tiesa y ahora me sales con que es igual porque no me sirve de nada. Anda acaba de arreglar¬me».

El abuelo sacó el librillo de liar cigarros, cortó un trozo de papel, se lo llevó a la lengua, lo ensalivó bien y se lo pegó a don Salustia¬no junto a la nuez para que no le sangrara.

Ayudar al abuelo en las tareas de la igle¬sia me llenaba de satisfacción, si era por encontrarme más cerca de los santos, no lo sé, pero sí que me sentía más dispuesto, esperaba algún milagro como los que había oído contar. Un día estábamos limpián-dola y ordenando algunas cosas cuando me vino a la cabeza un deseo para salir de pobres. Me tenía dicho el abuelo que aprovechan¬do que estaba en la casa de Dios que podía ir pensando en pedirle alguna que otra cosilla por si tenía a bien concedérmela. Que por pedir que no quedara. Así que ni corto ni perezoso pensé en algo y fui y le dije ¿sabe en lo que estoy pensando?, en que tendríamos que tener toda la sacristía llena de dinero para nosotros solos, ¿a que sí, abuelo? Lejos de darme la razón se limitó a soltar la mano y darme un golpe de nudillos en el cogote. «¡Rele-ches, tunante, ya que te pones a pedir, aprovecha y pídele la iglesia entera!».

Era así de chocante, le eché mucho de menos cuando se murió. El abuelo decía mucho releches, tunante y que te doy un moquete. Sobre todo cuando obraba mal y hacía alguna travesura. Como el día en que casi me dejé caer a san Roquillo y se enfadó mucho, mi abue¬lo no el santo. Creo que nunca le vi tan enfada¬do como aquel día. Así que no me dejó subir al campanario a ver los pi¬cho¬nes, tanto como me gustaba verlos revolotear en el nido. Había muchos picho¬nes y palomas, algunas enhuerando, que cuando abríamos la puerta de la tronera salían alborotadas.

No asistir a la escuela no me libraba de tener que hacer de monaguillo, siendo nieto del sacris¬tán con más motivo esta¬ba llamado a ayudar en las tareas de la iglesia. Aparte de don Salustiano, que atendía otras parro¬quias, la iglesia quedaba al cuidado de mi abuelo y de la hermana del cura. Solía acudir cuando había alguna fiesta y se tenía que ador¬nar el altar o cambiar el manto a las imágenes. Doña Teresa era una mujer viuda y sin hijos que prefirió cuidar de don Salustiano antes que volverse a casar. Todavía de buen ver, en el pueblo muchos hubieran dado cualquier cosa por tenerla como esposa.

A veces se presenta¬ba de imprevisto en la iglesia. Su presencia hacía que mi ayuda ya no fuese tan necesaria y el abuelo, no sé porqué, solía enviarme a cualquier mandado que no venía a cuento de lo que estába¬mos haciendo. Si subían al coro a mí me decían que me estuviera abajo en la puerta de la iglesia cuidando de que no entrase ningún pe¬rro; y si subían al campana¬rio a ver cómo iban los picho¬nes me decían igualmente que me quedase vigi¬lando por si se les esca¬pa¬ba alguno. No me cansaba de pre¬guntar si había muchos o si ya los habían cogido y me res¬pon¬dían que me estuvie-ra tran¬quilo que ya me lo contarían cuando bajaran.

Así ocurría siempre que subían a ver cómo iban los pichones. Un día se me agotó la paciencia, cerré la puerta y me dispuse a subir. Enfilé despacio escale¬ras arriba para no hacer el menor ruido. Me extrañaba que el abuelo fuese capaz de meter su barriga por aquella estrechu¬ra. Observé por entre las tablas de la puerta del campanario y pude ver cómo se las apañaban para llegar hasta ellos. Doña Teresa estaba arrodillada junto a la boca de la tronera con la cabeza casi dentro, y el abuelo por detrás la iba empujando poco a poco con la barriga. Tal era el esfuerzo que hacían que hasta se les oía los jadeos y el abuelo tenía los panta¬lones un poco caí¬dos y se le veía la rabadilla del culo. Bien les estaba, pensaba yo, por no dejar-me ha¬cerlo a mí. Sin decir pala¬bra bajé las escaleras. Cuando estuvieron abajo pregunté al abuelo cómo estaban los pichones. «Aún les falta, todavía están en chichota y tienen el buche verde, hay que dejarlos crecer algunos días más».

Yo creo que a la abuela Celedonia no le gustaba nada que subiera con doña Teresa a coger los picho¬nes. «Las muje¬res no tienen porqué subir al campana¬rio, eso es cosa de los hombres». Lo dijo un día mientras cenábamos pichones y me preguntó si los había cogido yo. «Sabes que no quiero que suba el chico porque un día puede caerse por el hueco de las campanas corriendo tras ellos y puede ocurrir una desgracia. No está asentado todavía para que haga ciertas cosas. Doña Teresa está más al tanto por si se esca¬pa alguno». Quise decirle entonces a la abuela cómo se las apaña¬ban para meterse en la tronera y lo mal que lo pasaban. Pero al abuelo Clemente no parecía gustarle nada aquella conver¬sa¬ción y sentenció: «El otro día no rompió a san Roquillo de puro milagro». Y no se habló más del asunto.

Tenía¬mos los chicos la costumbre de jugar a la pelota en la pared de la igle¬sia, cosa que nos tenía advertida don Salustiano y también don Cosme que enseguida aplicaba el castigo a rajata¬bla. El juego de pelota era de adobe y se encontraba en malas condiciones y salía poco la pelota. Además los mayores iban a jugar y nosotros nos quedábamos a la luna de Valencia, o sea viéndolas venir. Así que aprovechábamos para jugar allí donde podíamos. En la pared de la iglesia la pelota que había hecho el Pulguilla salía divinamente. Con tiras de cachos de goma bien apretadas y forrada de trapos y badana cogida con hilobala, fue una de las mejores pelotas que tuvimos. No se me olvida una vez que estábamos jugando los cuatro y se la quise engañar tan bien al Letanías que por dejarla a rateras para que no llegara a ella, pues estaba yo muy cerca de la pared, me pisé la mano y fui a parar de cabeza contra la pared. Nunca se nos ha olvidado a ninguno.

Había personas que nos veían jugar en la pared de la iglesia y no decían nada, en cambio otras no paraban de amenazarnos. «¡Ay, chiguitos!, ¿es que no sabéis que no se puede jugar en la casa de Dios? Ya veréis si se lo digo yo al señor cura, o sino al señor maestro para que os reprenda bien», nos decía siempre que nos veía la tía Manuela, la Sabañones. No lo decía en broma porque el maestro nos pasaba por la vara enseguida. Estábamos hartos de ella y de alguna manera nos la tenía que pagar. Un domingo en misa estando pasando el pastecum, al llegar a la tía Sabañones para que lo besara hice como que me tropecé en el pie de otra mujer y la di bien dado con él en los morros. Me miró de mala manera e iba a decirme algo pero se calló porque como estaba en la iglesia no se podía hablar.

A veces la pelo¬ta quedaba colga¬da en el tejado y no la volvíamos a ver más, así se nos quitaba la costum¬bre de jugar en la casa del Señor, nos decía también don Salustiano. Un domingo le tocó hacer de mona¬guillo al Pulguilla, de quien precisamente tenía una pelota. Llegó el momento de echar el vino al cáliz y el Pulguilla no hizo la más mínima intención de coger la vinaje¬ra. Y el cura que le decía, «vamos, echa el vino»; y él, «pues déme la pelo¬ta»; y el cura otra vez, «echa el vino»; y él erre que erre, «pues déme la pelota». Le echó una mirada que le traspasó de lado a lado, lo cual hizo suponer que aquella desobedien¬cia le iba a costar un serio disgusto. Los asistentes a misa se dieron cuenta de que allí pasaba algo porque el Pulguilla tenía la mano sobre la vasija del vino pero no hacía la más mínima intención de levantar la vinajera. Don Salustiano tuvo que quitarle la mano de ella, tomar la vinajera y echar el vino y el agua dentro del cáliz. Al día si¬guiente en la escuela don Cosme le dio de todo menos la pelota.

Nota:

(Leopoldo Torre García nació en Quintanilla de Tres Barrios (Soria) en 1954. Es licenciado en Geografía e Historia. Es autor de los libros Ecos rurales (1987), Cuarto menguante (1993), y coautor de Por los ríos de Soria (1995)).

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