Porpasa. Los juegos a los que nadie volverá a jugar

Las primeras lluvias de otoño me traen todos los años sensaciones de los inviernos de hace quién sabe cuánto tiempo.

La lluvia caía terca y mansa un día tras otro y nos retenía en la cocina de mi abuela arrimados a una lumbre grande, como si fuera un refugio contra el frío crudo y un claustro donde avivar la fantasía y cultivar el afecto. Su casa era entonces el mejor sitio conocido y ella la mejor contadora de historias, la mejor animadora de juegos a la lumbre y la rollera más increíble que ninguno después hemos tenido.

Entre su casa y la mía pasaba el arroyocalle y teníamos que dar un pequeño brinco para pasarlo. A veces metíamos un pie en el charco helado. Ella decía que aquel hilo de agua que corría pueblo abajo separaba en dos barrios las casas, y que nosotros vivíamos en el de arriba y los otros en el de abajo, que era peor que el nuestro. Esto no era cierto, porque después, cuando jugábamos al juego que más nos gustaba, nunca sabíamos por dónde iba la raya que cortaba el pueblo en dos partes, y siempre tenía que ser ella la que tenía que decirnos quién vivia en la calle de arriba y quién en la de abajo.

Fuera caía la lluvia y el frío y dentro crepitaban las chispas de enebro o ardían las parrameras de estepa con sus lenguas de llama roja. Cuando se hacía una buena cama de ascuas y ceniza enterrábamos bellotas o patatas para que se asaran.

-¿Jugamos a la rabonicera que nace?

-Yo quiero a lacalledearriba.

-Pues yo alentruño.

Los juegos tenían un nombre confuso difícil de encerrar en un diccionario, y despertaban en nosotros el embrujo májico de los buenos ratos vividos otras tardes jugando y riendo sentados en corro alrededor de la lumbre mientras escuchábamos el viento que soplaba en la chimenea y sabíamos que fuera seguía lloviendo o nevando.

-En la calle de arriba, marido y mujer, tres hijos, dos hijas y un perro.

-La tia Antonia.

-no.

-El tio Goyo.

-El tio Goyo no tiene perro.

-El tio Lucas.

-La tia Máxima y el tio Lucas sólo tienen dos hijos y dos hijas.

-Porpasa.

Y el misterio se desvelaba entre el contento del que lo había propuesto y el enfado de los que no habían acertado.

Cuando le parecía que ya estaban hechas, la abuela escarbaba con las tenazas entre la ceniza como si buscase un tesoro, y la cocina se llenaba de un olor irresistible a patatas o bellotas recién asadas que tratábamos de pelar sin esperar a que se enfriaran, y las ganas de comerlas nos hacían olvidar el frío, la lluvia y el aire helado que afilaba sus uñas en la esquina de cada calle.

-Los pastores han encontrado una camada de zorros, pero no han podido cazarlos porque viven en cuevas que tienen dos puertas y siempre terminan escapando por la que está más lejos.

-¿Y qué hacen?

-El monte está lleno de sitios para esconderse las alimañas, y por la noche vienen al pueblo a ver si pueden hacer daño en algún gallinero o encuentran algún animal suelto. El otro día un lobo entró en un corral de La Golinosa y mató ocho ovejas. Yo misma vi siete en el suelo muertas. ¿Habéis oído alguna vez el aulido de un lobo hambriento?

Y nos estremecíamos sólo de imaginar que lo escuchábamos.

Cuando queríamos darnos cuenta la lumbre era nada más un ascuarril de ascuas brillantes y dos rajas de encina, una a cada lado, ardiendo sólo con una llamita temblorosa que susurraba un murmullo de voces casi inaudibles diciéndonos que se acababa la tarde. Al dejar su casa para volver a la nuestra a la hora de la cena, la calle estaba envuelta en la noche más llena de peligros y corríamos de una puerta a la otra huyendo de las sombras como si escondieran en su negrura a todos los animales del monte y nos atacaran.

Ya no quedan en los pueblos contadores de historias como ella, y cada vez hay menos gente que se reúna alrededor de la lumbre para hablar del pasado o de las cosechas, o entretener a los más pequeños de la casa jugando a aquellos juegos entrañables a los que ya nadie volverá a jugar.

Las primeras lluvias de otoño me traen siempre memoria de los inviernos que pasábamos devanando la imaginación y el afecto junto al fuego en la cocina de mi abuela. No importa aunque ya no vuelvan. Cada año, como si fuesen un tesoro perdido, yo los recuerdo.

2 comentarios

  1. Hola soy Patricia, la hija de un carpintero famoso en el mundo entero, buscando una receta de nicalos he descubierto esta pagina y entre mi padre y yo hemos güineado un poco el contenido y recordando viejos tiempos de su pasado, todavia no los hemos lavado.

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