La España vaciada (12). El apego al lugar, un derecho constitucional inviolable

-¿De dónde eres?

-De Fuentearmegil, cuna de Don Pero Nuño el leal, que salvó a Alfonso VIII siendo Niño de las ambiciones del rey de León.

Un hilo invisible nos une al lugar donde nacimos conformando nuestro modo de entender la vida. Es una sensación que todos hemos experimentado alguna vez, como una fuerza irresistible que nos refrena cuando por alguna razón tenemos que alejarnos y notamos que tira de nuestros pies apresurándolos cuando volvemos después de haber estado una temporada lejos, como fuera de casa.

Hablamos con orgullo a los demás de nuestro pueblo, y no importa que hayamos nacido en un lugar grande o pequeño, próximo o lejano, famoso o totalmente desconocido para las demás personas del planeta.

Es un sentimiento afectivo primario conocido como apego, y forma parte de nuestra identidad y nuestra conciencia como seres humanos, que nos vincula al suelo donde nacimos como un cordón umbilical, a los sitios que recorrimos siendo niños y las experiencias que vivimos y conservamos en la memoria como el paisaje, como el paraíso de nuestra infancia.

Yo conozco algunas personas que nacieron en pueblos sepultados por pantanos destinados al regadío de cultivos, y guardan hacia ellos una especie de tristeza o de melancolía, como si se sintiesen huérfanos de pueblo. A veces incluso peregrinan hasta el borde de las aguas que los cubren y permanecen un rato en silencio, recogidos y pesarosos.

¿Por qué abandona alguien el lugar donde nació a pesar del sentimiento de arraigo que siente? En la mayor parte de los casos lo deciden en contra de sus sentimientos y creyéndose obligados a hacerlo. Muchos lo exteriorizan usando expresiones del tipo «salir a ganarse la vida fuera», porque consideran que en el pueblo sufren estrecheces que les limitan como personas y porque aspiran a mejorar de estatus social para ellos y para sus familias. cuando los padres podían pagarlo, llevaban a sus hijos a colegios religiosos o al Seminario para orientar sus estudios hacia actividades que supuestamente les permitirían mejorar sus espectativas de vida. El hecho es que los unos y los otros sufrían un proceso de distanciamiento que terminaba por hacerles sentirse diferentes entre los suyos, como diría Antonio Machado en el poema CXXV de sus Obras Completas: «En estos campos de la tierra mía, y extranjero en los campos de mi tierra».

Sin dejarse influir por la llamada de los polígonos industriales y las empresas constructoras de barrios dormitorio de las grandes ciudades, algunos vecinos eligieron seguir atendiendo a la herencia recibida de sus padres, tratando de progresar con el aumento de la productividad de las cosechas para mejorar sus condiciones de vida sin recurrir a la emigración, y son ellos los que mantienen abiertas las pocas casas que siguen ocupadas.

La posibilidad de vivir en el lugar de nacimiento debería ser un derecho constitucional inviolable y protegido. De otro modo, la España vaciada acabará vaciándose por completo con la última llave dejada caer en el umbral de la última casa abandonada, para desgracia y dolor de los que nos sentimos apegados a nuestra tierra porque nos sentimos parte indisoluble de ella. Lo lamentaremos todos como una pérdida irreversible que pudo evitarse.

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