Dos poesías sobre el pueblo

PAGAR  LA  CUARTILLA

Cuando un chico llegaba a los catorce años más o menos, los mozos ya se encargaban de abrirle las puertas para que fuera un mozo más de la cuadrilla, pero para ello, había de pagar una cuartilla de vino. Varios acontecimientos tienen como final un buen sorbo del fruto de la vid. Hemos de pensar que hasta los años 1950 y tantos…

La bebida más normal era el vino y de vez en cuando se mezclaba con una gaseosa pues no se conocía ni el vermut ni la cerveza entre otras cosas, etc. etc.

La Cuartilla

Chaval, tu adolescencia se acaba
pues tu cara… ya tiene pelusilla
y la cuadrilla de mozos te reclama
para ser uno más, si pagas la cuartilla.

Tendrás derechos y deberes,
lecciones de expertos, no te han de faltar
por ejemplo, cómo has de tratar a las mujeres
que si te piden algo, tu, se lo debes dar.

De momento, bebamos con alegría
que desde hoy, serás nuestro alguacil
en espera que otro chaval te releve otro día,
siendo un nuevo mozo, de Fuentearmegil.

QUE  BONITA  ES  LA  INOCENCIA

Fuentearmegil pueblo de labradores. Cuando se acababa de trillar toda la mies y las eras quedaban más o menos limpias, salían unas florecillas semejante a la flor del azafrán, color lila. Florecillas que las madres referían para dar consuelo a los niños y decirles que ya se había acabado el tiempo de merendar. Una explicación corta pero convincente.

LAS  QUITAMERIENDAS

Puntualmente en el mes de septiembre
las eras del pueblo se adornaban,
con unas florecillas que yo tengo en la mente
y que con ellas, las madres nos consolaban.

Flores que llamaban Quita-meriendas
las que anunciaban el final de la orza
se acaban de la conserva sus reservas,
vianda que han dejado un buen sabor de boca.

No te culpo a ti oh flor hermosa
de que un trocito de chorizo no pueda saborear.
La vida no siempre es de color de rosa
pero miremos en cada momento disfrutar.

¡Qué bonita y tierna es la inocencia!
no ves la mentira donde se omite la verdad,
ignorando que es fruto de una carencia
y con flores o sin ellas, todo tiene un final.

Las madres que hablan con la mirada,
transmiten a los hijos comprensión y cariño
y con una rebanada de pan bien azucarada
se puede hacer feliz, a cualquier niño.

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