TIEMPO DE CARRACAS, PEDIR PARA EL CRISTO Y COMER GARBANZOS CON BOLA

Los domingos de la cuarentena de Cuaresma, las chicas recorríamos las calles del pueblo pidiendo para El Santísimo, como entonces se decía -Feli rememora sus recuerdos más entrañables, y su voz tiene algo de suavidad y ternura como madeja de lana recién esquilada y recién lavada que ella misma con tanto cariño recuerda-. Hacía frío, mucho frío, pero nosotras íbamos de casa en casa, brincando de contentas y sorteando los charcos del suelo para no ensuciarnos. Nuestras madres nos vestían con la mejor ropa que teníamos, y la lucíamos orgullosas de ir tan guapas y que todos nos vieran vestidas de fiesta.

Yo era la pequeña, y mi hermana mayor se esmeraba por la mañana para planchar mi falda dejándola como recién comprada. Entonces se usaban aquellas planchas de hierro que había que llenar de ascuas de la lumbre para que se calentaran, y cuando se enfriaban teníamos que cambiarlas por otras. Todavía recuerdo aquella faldita verde clarita de tablas que me hacía un poco mayor como a mí me gustaba. Todas las tablas igualitas sin una raya. Qué bien planchaba mi hermana.

-Hoy es el primer domingo, que venimos a tu casa, a pedir una limosna, para la Semana Santa. Dadnos, si nos queréis dar, que no lo podéis negar. Está Jesús a la puerta, acabando de espirar.

-El crucifijo lo adornábamos con cintas adamascadas que guardaban en sus casas todas las mujeres del pueblo, y con ellas hacíamos flores para los brazos de la cruz y dejábamos sueltas al aire las cintas más largas para que revolotearan al viento con sus colores vivos. Cuando llegábamos a una casa, la que llevaba la cruz se ponía en medio, y las otras a su alrededor formando corro. En unos sitios cantábamos y en otros rezábamos, según nos dijesen, y nos daban huevos o algo de dinero, que dábamos al cura antes de misa. Una de nosotras llevaba una cesta para los huevos, y otra llevaba un taleguillo de tela para las perras.

Las campanas se morían el Jueves Santo por la tarde, y los chicos pasaban sonando las carracas y las matracas que les hacían sus padres para que las tocasen esos días hasta el domingo de Pascua, pero correteaban alborotando por todas las calles y ni siquiera nos miraban con todo lo guapas que estábamos.

-Al lado de mi casa pasaba un barranco que algunos días bajaba con mucha agua, y para atravesarlo había unas cuantas piedras puestas de un lado a otro, pero solían moverse algo y acostumbrábamos a pasarlo saltando. Y eso fue lo que quiso hacer una de las chicas más mayorcitas, que era hija del Hipólito, el que tocaba el tamboril con los gaiteros. Se remangó muy airosa una falda de tubo que llevaba para dar mejor el salto, pero con el impulso que cogió se le subió casi hasta arriba del todo y todas pudimos ver el color azul cielo de la prenda que llevaba por debajo y el bordado que la adornaba con un encaje precioso. Mientras se levantaba y se recomponía la falda, nos dimos cuenta de que todos los chicos estaban a nuestro alrededor como embobados, con sus carracas y sus matracas colgando olvidadas en sus manos, como si sólo tuvieran ojos para mirarnos.

Los domingos solíamos comer cocido de garbanzos con algún hueso de la matanza puesto en adobo y seco, alguna costilla de oveja machorra y con suerte un poco de carne de alguna gallina vieja que había dejado de poner huevos, pero de lo que más nos acordamos todos es de la bola, que se hacía con miga de pan, huevo batido y algo de chorizo o tocino para darle substancia. Ya se ha ido dejando de hacer, pero en mi casa todavía la hago de vez en cuando porque a todos nos gusta.

-Pues a lo que vamos. Estábamos comiendo los garbanzos, y de repente mi padre se quedó mirando fijo a mi hermano:

-Tú también estarías esta mañana cuando lo del barranco.

-Pues…

-Nada de pues. En esos casos o se ayuda a la chica mirando hacia otro lado, o seguís tocando las carracas y las matracas por otra calle. Mi padre tenía una forma de ser muy recta, y a sus hijos nos gustaría haber salido un poco a él y parecernos en algo.

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