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Yuntas de bueyes

Pasaban los bueyes camino de la feria. Bueyes y bueyes. Manadas y manadas de bueyes. Bueyes y más bueyes. Venían por el camino de Fuencaliente y atravesaban el pueblo para seguir adelante. Lejos. Toda la mañana pasando bueyes y bueyes, bueyes y bueyes.

Había amanecido lloviendo. Era una lluvia fina que caía sin descanso, formando pequeñas ondas en los charcos que iban haciéndose cada vez más grandes bajo las bocacanales de los tejados. Mirábamos el paso de los bueyes desde el quicio de la puerta de nuestra casa, a medias admirados de su corpulencia y a medias con miedo de tenerlos tan cerca. Algunos eran viejos y andaban lentos como si estuviesen cansados o pensando en algo. Otros eran novillos y se desmandaban un poco, dándose topetazos o amagando brotes de escapada que cortaba el vaquero con la ahijada. Algunos llevaban una manta negra para que no se mojaran con la lluvia y a otros les caían las gotas en el lomo y resbalaban por su cuerpo hasta el suelo.

Mi padre había atado un buey a la herradura que había junto a la puerta de casa, y se ocupaba en lavarle de arriba a abajo con calma. Mi madre iba sacando de la lumbre calderos de agua caliente y se los echaba siguiendo sus indicaciones por el lomo, por los ijares, por los cuartos traseros, mientras él iba rascando con un trozo de teja los últimos restos de basura pegada. Al terminar la mañana, el buey estaba completamente cambiado. Su pelo era más oscuro que nunca, y sus cuernos parecían más largos y más blancos. Entonces le volvía a la cuadra y sacaba el otro de la yunta para dejarle tan limpio como al primero. Agua caliente por el lomo en abundancia, raspado de la suciedad con un trozo de teja. Más agua caliente por su pelo negro y brillante. 

    Seguía lloviendo Bueyes y bueyes. Manadas interminables de bueyes y bueyes camino de la feria. Y las gotas de la lluvia cayendo sin parar iban llenando los calderos puestos por mi madre en el alero de los tejados para que se llenaran.

    Bueyes y bueyes. Grandes, corpulentos, mansos, con su paso acompasado y sus cuernos largos y blancos, bien levantados. La raza serrana de los bueyes que había en toda la provincia y araban nuestros campos eran robustos, fuertes, buenos para roturar tierras duras y tirar de las carretas que recorrían Castilla transportando vigas de pino y cargas de vino de la Ribera atravesando llanuras y montañas hasta los últimos confines de la península Ibérica.

    Después de comer, mi padre engalanaba la yunta de bueyes con dos buenas mantas, les ponía las zumbas de sonar sonoro de los días de fiesta con sus hebillas y sus tachuelas como joyas doradas, y se incorporaba a la procesión de bueyes que seguían pasando desde por la mañana. Los llevaba también él a la feria. Poco después empezaba a escasear el paso de los últimos bueyes que llegaban, pasaban y se alejaban camino adelante, cada vez más lejos y lejos, hasta perderse más allá de la mojonera.

    Un sol turbio aparecía al filo del último crepúsculo como un panete de aceite bien

    Las yuntas de bueyes desaparecieron de nuestros pueblos buscando formas modernas de trabajar el campo, y con ellos desapareció el potrero donde se les herraba, los sestiles donde el vaquero les dejaba que sestearan y los aperos de labranza, ubios y coyundas, que se usaban para huncirlos a los arados y los carros. 

Difícil saber si los de ahora son mejores tiempos.

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