En memoria de quien abría la puerta cerrada de la casa más vieja

Una puerta son todas las vidas que nos evoca, el apego a lo más nuestro, la fibra del sentimiento que al verla se nos despierta por dentro y nos atrapa.

En los últimos días de septiembre del año 2008 cayó la última página de tu calendario, y fue como si hubiese caído la primera hoja de un árbol centenario y el árbol entero se hubiese transformado en otro.

El taller donde hacías las cestas de mimbre se quedó quieto, callado, inmóvil. Hoy es un agujero vano que nos acoge cuando queremos recuperarte y nos sumerjimos en el silencio de tu recuerdo.

Un filósofo dijo en cierta ocasión que la diosa de la inmortalidad vivía en la conciencia del hombre hasta el momento de la muerte del padre, y que nadie debiera sentirse privado de ella hasta pasados los cuarenta años, que es la edad en que se asume el final de la vida como un proceso natural de todos los seres vivos por el hecho de serlo.

Tuvimos suerte, porque tu presencia firme sostuvo largos años encendido el hogar de todas nuestras referencias como el cerro del castillo o la torre de la iglesia que se veían desde lejos y tiraban de nosotros como si nos llamaran. Tus hijos y tus nietos aprendimos que el primero de los valores esenciales de una persona es la nobleza.

Entramos hoy en el taller donde hacías las cestas que luego regalabas, y es un remanso para los sentidos que a la vez esponja y comprime las entrañas. Ahí están las gavillas que esperaban a ser utilizadas. La navajilla son sencillas cachas de plastico que era tu herramienta más práctica. El puntero de corazón de encina para abrir agujeros por donde embocar el nervio maestro. La gamella y el bidón metálico reciclado para humedecer los mimbres y que pudieran domarse sin troncharse. El torno hecho a mano en el que asegurar el crucero central sobre el que levantabas la arquitectura que tu cabeza creaba.

¿Sabes? Desde que dimos la espalda a la puerta del taller echando el travesaño que la cerraba por dentro, han pasado doce años con sus otoños y sus inviernos, sus primaveras y sus veranos, sus témporas de sementera y sus témporas de siega. Muchos otros vecinos nos han dejado y muchas otras puertas quedaron cerradas para siempre y sus casas sin gente.

Dimos tierra al tio Bienve y la tía Amparo, les siguieron la tia María y el tio Lorenzo, también los dos del tio Jorge a una edad muy avanzada. peor suerte tuvo la Esperanza, que se la llevó la trampa rayando los sesenta. La tia Encarna y la tia Mercedes del tio Justino están en la residencia de Las Hermanitas del Burgo, que siempre se llamó el asilo de los pobres.

Si me siento en la tajuela que hiciste aprovechando la tocona de un chopo de los que tú mismo sembraste cuando ibas con las ovejas, entro en un mundo diferente y ocupo el centro de todas las cosas. Las paredes guardan la memoria de la vida vivida como un libro abierto.

Cestas pequeñas de mimbres blancos para un uso delicado, otras más grandes de mimbres sin mondar que se usaban antes para el trabajo. Una partida de ellos atados con un vencejo que ya nunca serán usados por la mano diestra que fue a buscarlos a la mimbrera. Quedan también huellas del tiempo anterior, cuando el taller era a la vez gallinero de una docena de gallinas ponedoras y antes el corral donde las ovejas invernaban. Unos cuernos poderosos de moreco enmarcados en una tabla, varios cencerros grandes y pequeños sin badajo dormidos en puntas oxidadas. La colodra con la pizarra de afilar el dalle. Los nidales de las gallinas todavía con restos de las camas de paja de trigo trillado para poner los huevos. El zurrón de cuero de ir de pastor olvidado ya del cantero de pan y del vino de la bota.

Colgada de una rama de fresno está todavía la cachava de enebro que me hiciste a mis cuatro años para que aprendiera a hacerlas. Era un día de invierno metido en aguacero y habíamos hecho una lumbre de estepas en la majada del corral de La Golinosa. Pusiste a las llamas una vara recién cortada, y cuando estaba reblandecida por el fuego la curvaste limpiamente para darle la forma precisa para mi mano pequeña. Ahora duerme colgada de una de las perchas que tú mismo ingeniabas sabiendo ver en la rama seca de un árbol la forma buscada para transformar una rama en otra cosa y darle una vida más larga.

Cómo olvidar tu cara resplandeciente por el orgullo del objetivo cumplido cuando acababas una cesta nueva y nos la enseñabas como se enseña una obra al acabar de crearla.

Útil. Ya puede ser utilizada.

Y yo creía que el creador del mundo no tuvo la suerte de tener alguien a quien mostrarle , henchido de satisfacción después de seis días de duro trabajo, su Cosmogonía recién creada.

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